lunes, 23 de agosto de 2010

Eróstrato o la efigie de San Diego


El camino de San Diego, es una película de Sorín, estrenada el 2006. La fotografía está a cargo de Hugo Colace. Confieso que la fotografía de las películas latinoamericanas me viene siendo agradable. Otro detalle de esta película es su estética de documental, la frescura del hecho, de la mera trascripción poética de la realidad. Simplemente el ojo limpio, la lente en este caso.

La hermana de la duda es hermana de la fama, la fama busca una víctima y un victimario. En La Salada de Buenos Aires las camisetas eran idénticas a las oficiales. Líneas albicelestes por doquier. El amarillo del sol o de las insignias se instalaba como una herida. Denis Heren era mi Virgilio, mi amigo rolinga. Caminábamos por Avenida Rivadavia hasta llegar al congreso y seguir por la misma calle, que se comienza a llamar Avenida de Mayo o es al revés según si se viene o se va o parezca más importante el nombre de la calle o los edificios emblemáticos o la longitud de la avenida. Siempre pasa lo mismo, cuando hay que bajar, me corrigen, dicen que a eso le llaman subir. Para mí el subir queda al oriente y el bajar al occidente. En argentina nunca se sabe si se sube o se baja. Es una planicie sempiterna. Con Denis recorríamos todos los lugares no turísticos de la ciudad. Viajamos en tren a Liniers y caminábamos desde allá hasta el Obelisco. Mojados de lluvia o de transpiración, tomándonos unas birras en la calle. Me gustaba caminar con él. Éramos turistas atípicos. A pesar de vivir en Baires hace un buen tiempo, visitaba sus calles como un extranjero. En la once, la estación de tren de plaza miseria, como le llama a la Plaza Miserere, nos preparábamos unos fasos, después caminábamos por la calle, yo pasaba a las librerías a preguntar por un libro de Safranski o de Cioran. Se quedaba parado en la entrada con los ojos del guardia clavados sobre él.

Tenía un tatuaje del Diego en el pecho y un mapa de argentina que flameaba en su brazo. “Raza Gaucha” en letra inglesa, bien delineada, un buen tatuaje, bien hecho. El de la cara del Diego era un tanto más precario. Muchas veces asocie con Eróstrato a los tipos que usaban el arte como un instrumento de relevancia, una forma fácil de hacerse notar. También lo asocié a los textos que, en torno a muy pocas ideas, alardeaban de interesante. Siempre imaginaba que personajes como Héctor Hernández, como Álvaro pereda o Eli Neira eran una representación local de lo que llaman Complejo de Eróstrato.

Veía a Denis caminar con sus tatuajes, con su revista “Edición Especial Maradona”, con sus intereses por lo latinoamericano, en particular, por el documental latinoamericano. Éste “flayte”, como lo llamaríamos acá, leía la Crítica de la Argentina, admiraba a Lanata, no daba tregua a los programas de farándula. Se enojaba y era casi dogmático en tornos a lo que embrutece a la masa. Me criticaba por tener amigos chetos. Leía casi pura economía y política, la poesía no le gustaba demasiado porque la encontraba poco práctica. Por lo menos lo que había leído, era evadirse demasiado. Tenía sus fasos y su birra o un buen fernet. Si, el idolatraba al Diego ¡y que!, hay alguna diferencia entre quemar el templo de efeso o hacer un gol con la mano, me imagino a este Virgilio bonaerense adorando a Eróstrato, teniendo fe, amando, buscando sentido y encontrándolo.

En la película de Sorín, Tati Benitez es un personaje adorable, bello como pocos. Con la ingenuidad de un niño y la entereza de un héroe griego. ¿Si tan sólo un Tati Benitez existiera por cada Eróstrato local? Hay que ser feliz, tenemos la obligación de serlo cuando entrega sus sueños en un adefesio que sólo los niños y los ciegos ven como la viva imagen del ídolo.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Último informe meteorológico: lluvia de contenedores


La noticia se expandió urbi et orbi. Los medios del mundo coincidieron en que los chilenos estaban hambrientos de cultura y que si bien el saqueo es siempre deplorable, habría ayuda internacional. Los altos organismos coincidieron plenamente. En pocos días llegaban containers y containers con libros de distintos confines del mundo y librerías tipo cafeterías, de esas modulares que se levantan con mucha rapidez. El Presidente Piñera y el Ministro de Cultura las inauguraron con gran alborozo.

Tito Matamala


Opinar por opinar no parece ser el tenor de lo que hace Tito Matamala o ¿si? Pregunto y mi gemelo homónimo responde que ha leído más de una vez sus destempladas e irreflexivas columnas. No desconozco que su narrativa tenga algún estilo personal, que por lo demás, no es de mi agrado. Lo verdaderamente nocivo es el fondo. Intenta convencernos de su objetividad, de su lucidez, de su independencia. Tito Matamala se ha transformado en una rumiante sagrada. Este periodista, profesor universitario publicado en muy buenas editoriales, esto lo digo desde lo formal, nos propina sendas columnas con containers mutantes. Nos habla de terror. En alguna otra columna, en un periódico de circulación nacional, también nos ha intimidado con los saqueos, con zombis comecerebros caminando por nuestras calles. No será que el estrés postraumático lo dejo muy susceptible a las películas de Carpenter, no será que tiene mucha tribuna y se le quemaron las ideas o se le perdieron entre los escombros de su departamento. Mi homónimo, que es más osado que yo, dice que este señor se pega con algunos temas para poder justificar el espacio. Las crónicas precarias de Matamala, además de ser contradictorias, son irresponsables: en más de un comentario nuestro laureado escribiente ha dicho que detesta a los poetas, pero también se ha referido a Gabriela Mistral con profunda admiración.

Presentando La gran breve guía de los animales salvajes dice que "…es esperanzador descubrir que pese a los juegos electrónicos, a la televisión, computadores e internet, aún hay niños que se maravillan con los animales". No será esta misma búsqueda de cosas sensibles, este compromiso con la realidad inmediata, lo que llevó a estos “actores secundarios” (tomando el título del documental) a participar de lo que se llamó revolución de los pingüinos. Entonces, es sólo mi imaginación la que generó el supuesto de que este señor admirador de esta cualidad en los niños, así como de Gabriela Mistral, poeta, dicho sea de paso, viese, en esta misma actitud, una expresión desaforada, fuera de lugar y los mandó a la sala, invalidando todas sus peticiones. Cioran decía que se perece por el yo que sea asume. Al leer al señor Matamala, leo a alguien que no asume yo alguno, haciéndolo insufriblemente presente. Como un demagogo escribe sobre todo lo que no tenga incidencia en su bienestar de escritor enquistado. Cabe señalar que el proyecto que tanto critica es PROVISORIO. Han trabajado profesionales especializados por más de 5 meses y tengo la certeza de que los módulos no son una irresponsabilidad estética. Conozco de cerca el proyecto, estos locales comerciales se parecen más a los que Tito Matamala soñó como librerías tipo cafeterías, de esas modulares que se levantan con mucha rapidez y no a los containers que tanto temor le causan. No es culpa de los gestores del proyecto que sueñe con containers que lo persiguen o con lluvias de containers, así como alguna vez soñó que llovía elefantes.

sábado, 7 de agosto de 2010

El coordinador



El teatro no es para vivir, uno tiene que vivir de otra cosa, uno tiene que hacer del teatro una filosofía[…]uno tiene que escribir como si va a morir mañana y tiene que actuar como si va a morir mañana, tiene que dirigir como si va a morir mañana y todo lo que le rodea , la crítica, tienen que ser actos de arrojo. “

Benjamin Galemiri

La obra de Benjamin Galemiri estrenada en 1993, dirigida por Alejandro Goic, montada por la compañía Bufón Negro, actuada por Alejandro Trejo, Mateo Iribarren, Patricia Rivadeneira, Max Corvalán y repuesta , con el mismo elenco, en el último FITAM, es un desafío tanto para actores, directores y también para el público.

El subtexto, la parodia y el sarcasmo es código que detona casi todas las escenas. La obra es un aluvión de irónía e eufemismos. Un acto que mantiene a los espectadores en tensión, en búsqueda de sentido, en cuestionamiento constante, en identificación flagrante. La ambición de la compañía Teatro Escarabajo, si somos verdaderamente honestos, es desmesurada, lo es en tanto los diálogos son largos y policromáticos. Lo es en tanto el público penquista no siempre agradece un bofetón en la cara, ni que se saquen mascaras a diestra y siniestra. Me bastó ver a un par de señoras que se fueron vociferando, casi al final de la obra, diciendo que este no era teatro para “gente decente”. Lo decían a viva voz y se lo repetían a los acomodadores de la sala, mientras, se perpetraba la violación de Brigitte. Estas señoras “decentes” tendrían otra reacción si se introdujese la obra por el engolado locutor de las actividades de la universidad y se informara que ha sido premiada en los más importantes festivales de teatro del mundo. De eso se trata también la obra, de lo snob, del arribismo y por supuesto del poder. Tema predilecto de Galemiri. El poder que, como relató en una entrevista para la FITAM 2010, está encarnado en este coordinador, que es, también, su padre cuantificado, que es Chile y por sobretodo, y esto lo agrego a título personal, también es Concepción.

Kafkianamente hablando, la obra nos presenta una verticalidad insoslayable. Un aplastante armatoste de poder supuesto, de poder latente en el piso donde están las oficinas de Ortega y Gasset, en el Edificio Ortega y Gasset. ¿Hay acá una búsqueda filosófica que el autor nos desliza? ¿Entre piso y piso se adscribe uno a una u otra forma de hacer y pensar? Me da la impresión de que nada en esta obra es fortuito. Galemiri admirador de Chejov y deudor, a mi parecer, de Genet, nos sumerge en un caos organizado. En que unos son marionetas y otro llevan los hilos bajo el traje o bajo un delantal de encargado de mantención. La interpretación de Los Brianos, padre e hijo, es una muestra de lo diverso de los personajes. Por su parte Jorge Briano hijo, hace alarde de su verbosidad y de su manejo de situaciones límites. A ratos nos parece sobreactuado, a ratos grandilocuente, pero se perdona todo al ver que pasa muy cerca del abismo, a punto de precipitarse y salva riéndose de nosotros, los espectadores. Briano padre casi no se percibe, no sólo por que aparezca en escena a la mitad de la obra, sino porque es sigiloso, sigiloso como el poder tras el poder, como la mano que mece la cuna. Una muy agradable ofrenda, para los que disfrutamos de lo sutil, son los versos recitados a Brigitte (Priscila Godoy), un susurro que se escuchaba desde la última fila. Memorable seducción a punta de pistola.

Cuando veo obras como estas, cuando voy a espectáculos como este, en esta ciudad alejada de la autocrítica de los artista, distante de los buenos textos y del espectáculo que no sea evasión. Cuando se tiene la contada suerte de toparse con una obra que propicia que algunos espectadores, con su muy personal, justa razón, se paren de las butacas y se retiren indignados, no por lo precario del montaje, sino por lo contundente del discurso. Cuando en esta ciudad uno se encuentra con una obra que no se conforma con confundir panfleto efectista disfrazado de performance con expresión artística controversial. Uno se va a dormir pensando en los versos de Dylan Thomas:

He ansiado alejarme

del siseo de la mentira desgastada

del incesante grito de los viejos terrores

que crecen más terribles cuando el día

traspasa la colina y entra en el mar profundo;

he ansiado alejarme

de la repetición de los saludos,

porque hay fantasmas en el aire

y en la página sonidos fantasmales

y un tronar de llamados y de notas.

He ansiado alejarme, pero temo,

alguna vida, aun intacta podría estallar

de la vieja mentira que arde sobre el suelo

y crepitando en el aire dejarme a medias ciego.

Ni por el miedo antiguo de la noche,

el sombrero que se quita del pelo,

o los labios fruncidos en el teléfono,

me harán caer ante la pluma de la muerte.

No quisiera morir de todo esto,

la mitad es convención, la otra mitad mentira.

sábado, 19 de junio de 2010

Las generaciones siempre existen








Por Alfonso Sánchez-Martínez

En Florida a la altura del 900 está el Centro Cultural de España. El día lunes 25 de agosto a las 18:30 se daban cita cuatro poetas chilenas. Al entrar al subte en la estación de Loria brillaba un tímido sol. Después de un complejo cambio de la Línea A a la B teniendo que pasar por la C , al emerger en la estación de Florida, caen unas deliciosas gotas que humedecen el asfalto y aceleran el regreso de los argentinos a sus hogares, dejando mas transitable esta avenida.

Llegamos puntualmente, incluso unos minutos antes de las 18:30, después de saludar a Eugenia Brito e intercambiar algunas palabras con Soledad Fariña, me siento a esperar que se inicie la lectura. Catalina le comenta a Eugenia, ante la impaciencia y dejos de preocupación, que los argentinos son puntualmente media hora impuntuales. Y Exactamente a las 19:00 comienzan las presentaciones. Esa media hora me da chance para hacer una genealogía del encuentro: en las palabras de Catalina Parra Agregada Cultural de la Embajada de Chile en Buenos Aires lo que se pretende es establecer un dialogo entre Argentina y Chile, pero un dialogo que sea contemporáneo. O sea todo lo que hay allá, en materia visual, en materia poética, de crítica, de ensayo, de, que sé yo, prosa, de crítica cultural o estudios de género. Estamos tratando de entablar un dialogo real de hoy día con hoy día, con la Argentina de hoy. Tengo la impresión de que lo que más se conocía es lo tradicional y este es un intento de abrir, de establecer otros puntos de vistas. La poeta argentina Andi Nachón fue la encargada de presentar a Isabel Larraín, Eugenia Brito, Soledad Fariña y Elvira Hernández.

Sorprende como estas poetas son conocidas dentro del medio argentino. Es evidente que por lo general los representantes culturales que visitan al país trasandino se acercan a lo llamado tradicional como dice Catalina Parra y tiende a obviarse los actores culturales del momento, aquellos que mantienen una tensión y un replantearse frente a lo que tradicionalmente se muestra como Cultura Chilena. Son tal vez los últimos acercamientos de los artistas y las instancias gubernamentales a la crítica cultural y la permeabilidad de los postulados estéticos, de esta última, los que han hecho necesario abrir un poco las fronteras a muestras como la presente. La crítica cultural periodística, como parte de un conocimiento "especializado" que inviste de sentido las prácticas sociales, se relaciona con las condiciones sociales y políticas en las que se produce y –obviamente- con la política cultural particular del medio en el que se publica. Es este horizonte el que justifica el debate acerca de las perspectivas de la crítica, los lugares y dispositivos de enunciación, la trama en la que se despliegan sus distintas posiciones discursivas. Es decir es una mezcla entre lo argumentativo y lo creativo, es una manera de contextualizar la obra de arte y los elementos que esta acarrea, más allá de la mirada académica, tomando en cuanta elementos populares y cotidianos, teniendo presente que la obra se desarrolla no solo en ella sino en la sociedad, en conjunto.

Si bien es cierto que esta no es la primera visita de artistas de “avanzada”, como las llama Catalina. El intercambio cultural entre Chile y Argentina es constante, sin embargo la situación actual se torna más auspiciosa en vista de que es por una instancia estatal. Es decir, una entidad pública es la que gestiona estos intercambios. La intención parece ser seria y regular. Según lo que se desprende, es necesario establecer nexos igualitarios y comparativos de lo que se hace en materia audiovisual, poética, narrativa, etc. a este lado de Los Andes.

Según la apuesta de la Agregada Cultural de la Embajada Chilena en Argentina es necesario arriesgar un poco más en materia de intercambio cultural. Se debe poner en juego piezas que tiendan a desempolvar lo que tradicionalmente se entiende como representantes culturales de nuestro país. El presente esfuerzo se vuelve aún más valioso al pensar que se toma a un grupo de poetas unidas casi generacionalmente, las que como dice Andi Nachón “...hace su incursión en un mapa absolutamente atrasado, esta incursión no por sosegada se presenta dócil, mas bien, se trama desde la mudez con una violencia que busca, desaforadamente, la recuperación de la palabra. A partir del intersticio, al que la mirada femenina usualmente se había hallado relegado por el discurso del poder, se instalan, precisamente, estrategias del intersticio. Si escribir es siempre una tarea del borde, extender los límites de la jaula en instancias históricas absolutamente literales se transforman en un asunto zigzagueante, así, donde bajan a unirse al centro de la tierra la sangre fresca, el agua. Tránsito, no por urgente menos doloroso. En el caso de la poesía chilena escrita por mujeres el cuerpo que ha perdido su potestad resulta heroicamente rescatado en el campo del cuerpo textual...

Cuando me refiero a un grupo de mujeres unidas casi generacionalmente, por un lado intento hacer eco de lo dicho en diversas ocasiones y que de alguna forma resume Andi Nachón al dedir que la irrupción de estas poetas es ...un arco que va desde el comienzo de una decada sellada por la resistencia, hasta los albores de la transición. En este hecho histórico de doloroso tránsito se hacen su lugar en el mapa las voces de esta mujeres. Y por otro procuro respetar lo dicho por Soledad Fariña a la revista Plagio donde plantea que ...No hay una generación. Dentro de poco voy a cumplir sesenta años y mis interlocutores actuales son poetas de las más diversas edades como Paula Ilabaca, Claudio Bertoni, Nicanor Parra, Carmen García, por nombrar sólo algunos. Con ellos dialogo, nos intercambiamos poemas y nos hacemos críticas mutuas. Creo que es más una intergeneración que una generación. La última generación, o escuela, creo que fue el surrealismo, pues se agruparon y plantearon sus directrices bien definidas. Es difícil establecer una generación, pues yo aprendo de Nicanor Parra, de ochenta años, tanto como de Javier Bello, de treinta. Hay complicidades de miradas, pero no una generación o escuela.

Este asunto, de si se es o no una generación, parece dilucidarse en la conversación que mantengo con Soledad Fariña minutos antes que se inicie la lectura. En esta, mientras me explicaba las férreas intenciones de proseguir con actividades con estas características, por parte de Catalina Parra, y que la génesis de este encuentro se haya en la voluntad unilateral de la Catalina, detonada por la lectura y el estudio de la obra de estas autoras. Soledad me hace hincapié en que si bien durante los años ´80 estas poetas mujeres se mostraban cohesionadas generacionalmente, debido a circunstancias políticas, hoy el contacto es transgeneracional. Esto motivado por la constante intención de poetas más jóvenes en representar los postulados estéticos de las generaciones anteriores y en acercamientos regulares de poetas de diversas generaciones en encuentros tales como Poesía 100% o, siendo mas específico, respecto de poetas mujeres, en “Cita a Ciegas con Neruda”, que se realizó los días jueves del mes julio en La Chascona.

Ellas hacen mención a hitos que señalan el establecimiento de una voz pública, de un mensaje que ha dejado de ser subterráneo y que se arriesga no solo en los significados inmediatos de la palabra, sino que aspira a asir el lenguaje en su plenitud, pero, sin pretensiones totalizantes, apartándose del discurso patriarcal. Así, Elvira Hernández ante la pregunta de cómo percibían la aparición de mujeres en el marco de la poesía de Nachón dice “ ...que había un tejido bastante amplio de mujeres escribiendo pero que todo ese tejido era subterráneo. Pienso por ejemplo en Estela Díaz Varín, en Cecilia Vicuña o en la misma Paz Molina. Mujeres que, teniendo libros, igual estaban enteramente sumergidas. Y creo que, en el momento en que acá se empiezan a reivindicar ciertas libertades, las mujeres sienten el derecho de expresarse escrituralmente. Y, en esas dimensiones históricas, la mujer empieza a hacer su aparición, en conjunción con otros actores sociales, que también se hallaban ferozmente reprimidos. Por su parte Isabel Larraín dice que “...ese tejido subterráneo empezó rápidamente a levantarse en ciertas líneas. En ese sentido el Congreso Internacional de Escritoras del ‘87 debe haber sido importante... Según Eugenia Brito, después del Congreso “…hubo un fenómeno interesante en Chile y las mujeres tomaron un espacio, ganaron lugar para su escritura. Por ejemplo, antes era inconcebible que a uno la presentara otra mujer. Yo creo que el Congreso abrió posibilidades. Se empezaron a oír más las voces de mujeres como críticas, teóricas y escritoras. Apareció esta noción de “mujeres pares”, que estaban leyendo y produciendo al mismo tiempo. Fue un fenómeno interesante porque Chile tiene una tradición muy patriarcal en la que era muy difícil hacerse oír.”
Estas poetas emergen en el marco de un país dividido entre la memoria y la desmemoria y es a través de la exposición constante de las obras en su contexto que pretenden explicitar el camino por ellas recorrido y recorrido a la vez por la sociedad en la que se insertan. Ellas replantean la memoria como necesidad urgente y su obra es apreciada como tal, no sólo en nuestro país sino también en medios extranjeros. En palabras de Nelly Richard son variadas las maneras en que se insta a la amnesia socio-política-cultural, “…la tecnología del olvido consta de muchas herramientas como las políticas de obliteración institucional de la culpa, que a través de las leyes de no castigo (indulto y amnistía), separan a la verdad de la justicia desvinculando ambas. Y tejiendo asociaciones secretas entre ambas redes de conveniencia y transacción, están las disipativas formas de olvido que los medios de comunicación elaboran diariamente para que ni el recuerdo ni su supresión se hagan notar en medio de tantas finas censuras invisibles que restringen y anestesian el campo de la visión: los familiares de las víctimas saben de la dificultad de mantener la memoria del pasado viva y aplicada, cuando todos los rituales consumistas se proponen distraerla, restarle sentido y fuerza de concentración.”

Estas mujeres transitan por senderos en constante conexión, algo se vuelve coyuntura entre los libros Vía pública de Eugenia Brito, La bandera de Chile de Elvira Hernández, En amarillo oscuro de Soledad Fariña, Santiago en la memoria de Isabel Larraín o en Variaciones ornamentales, obra audiovisual de Catalina Parra. Algo se deja diseccionar con el bisturí de la memoria, del contexto, de las imágenes latentes aunque disimuladas o veladas oficialmente. Algo se insinúa de aquel repertorio, como señala Nelly Richard, “...simbólico de la historia chilena de estos años, la figura de la memoria ha sido la más fuertemente dramatizada por la tensión irresuelta entre recuerdo y olvido —entre latencia y muerte, revelación y ocultamiento, prueba y denegación, sustracción y restitución— ya que el tema de la violación a los derechos humanos ha puesto en filigrana de toda la narración chilena del cuerpo nacional la imagen de sus restos sin hallar, sin sepultar.“ Lo dicho por Richard me es coherente con sus búsquedas, sin embargo, disiento en tanto no sólo aquello esta en los libros de estas autoras, sino también, el contexto evidente actual, tanto de la realidad chilena como la del sur de América. Y es por ellos el aprecio manifiesto, explícito de los presente en esta actividad desarrollada en el Centro Cultural de España en Buenos Aires y auspiciado por el estado chileno, Lo que supera a estas mujeres, es la representación la identificación, por parte de los concurrentes a esta cita, más allá de si son o no generación, son un referente para voces como la de la generación de la cual soy una aislada parte, esa parte que cree en el lenguaje también como conjuro. Es en este punto es dónde Richard queda escasa de metros, ella pretende circunscribir todo al esquema de la crítica cultural. De algún modo inteligente y teórico simplifica los efectos de la dictadura a dicotomía simples “prueba y denegación, sustracción y restitución”. Nos impone axiomas como probadas formulas matemáticas, como sacadas de laboratorio. Los aportes que reconozco en ella son, más bien, pedagógicos, no me calza reducir la labor de este grupo, bastante orgánico, cohesionado, muy similar a lo que estimamos como generación. Desde donde miro veo a estas mujeres como una potente ola de mujeres, en mayores o menores afanes gregarios, que escribieron cuando era un riesgo físico hacerlo. Aunque la historia nos premia con otra mujeres como la ahora “rescatada” generación de mujeres paralela a la muy patriarcal Generación del 27. No puedo hacerme cargo de lo hecho por otros en otro tiempo. Como autor y lector me agrede este discurso que impone rivalidades. Cuando mi sed desploma este cuerpo bebo lo escrito por hombres al igual que bebo lo escrito por Alejandra Pizarnik, Stella Díaz Varín, Clarice Lispector, Amalia Gieschen, Romina Canet, Simone de
Beauvoir, María Teresa Torres, Virginia Wolf, María Luisa Bombal, Gertrude Stein, Winétt de Rokha, Sor Inés de la Cruz, entre mucha otras mujeres y por gran fortuna me ha acompañado demasiado y desde muy niño Gabriela Mistral. Sus Sonetos de la Muerte los recite a los 8 años en un acto escolar, rumié sus versos en voz alta y en voz baja, escondido en un juncal de Hualpen, durante varios días, hasta aprehender cada uno de sus versos.
Me agrede que se torne lo escrito en aquellos años como escritura valiente, revolucionaria, comprometida con el cambio de la realidad, riesgosa o como dice Andi que “…en la poesía chilena escrita por mujeres el cuerpo que ha perdido su potestad resulta heroicamente rescatado en el campo del cuerpo textual. Me agrede porque tengo la certeza que los que escribimos hacemos eso todo el tiempo y en todos los tiempos, sobrevivir a las pérdidas es siempre un acto heroico. Y por último me agrede que se nieguen a sí mismas como generación. Me siento parte de una generación, disidente pero parte al fin y al cabo.
Hacia esta poetas, de las que tres tienen una edad similar y, como bien me dijo Soledad Fariña, Isabel Larraín es más joven, puedo manifestar mi aprecio como tal, mi aprecio en tanto poeta más allá del genero, más allá de dicotomías totalizantes y simplificadoras. Me quedo en y con la poesía.
Hoy camino por Buenos Aires en pleno verano, el clima es cambiante y extremo para un penquista como yo, veo los árboles en la 9 de julio, me encantan los paloborrachos que están embarazados de pececitos de colores, según Amalia Gieschen, y recuerdo aquel agosto: el día anterior se había efectuado la elección del jefe de gobierno porteño y el más votado fue, según dicen, un cercano a Menem; Salas había anotado el domingo su primer gol en la liga trasandina, en el Museo de la Fundación Proa se exponían obras de la Transvanguardia Italiana y en la lectura, moderada por la poeta argentina Andi Nachón, todas las butacas del auditorio del Centro Cultural de España estaban ocupadas, habíamos muchos de pie. En plena crisis económica y política argentina, ante el numeroso auditorio, Eugenia Brito declaraba su felicidad por poder llevar tanto libro a Chile. Dijo que el cambio estaba muy favorable.

viernes, 4 de junio de 2010

Oleo de Álvaro Huenchuleo reproducido como imagen principal de "Bulimia"

Bulimia. Editorial Simbiosis y Plural Editores. Bolivia, julio 2010.



EL DEDO EN LA LENGUA

por Leonidas Rubio


No consume nada que no le pertenezca,

nace de su propia asfixia.

(A. Artaud)

En la sumatoria creativa que nos propone BULIMIA, el tiempo es sustancia y no peso cronológico, pero en una de sus apariencias -al menos la calculable- este título es resultante de 15 años de la acción escritural de una voz sólo idéntica a sí misma. Como el lienzo homónimo de Álvaro Huenchuleo, la palabra de este registro tiene algo de espesor lácteo, de textura fatigada por su propia potencia, espesada en su núcleo, tramada en su nudo, cristalizada de su transparencia. Como el lienzo, sí, tiene algo de músculo y hematoma, de rostro y de cicatriz, de piel y de arruga, por no decir que es desmesura de ingesta y regurgitación en un solo acto; la palabra en su labio, endurecida y -como el lienzo- húmeda de su propio sentido; palabra activa, penetrante, fálica, hambrienta y asqueada de sí misma: bulimia. Sobre su itinerario se puede articular una pesquisa estacional no segmentada, habida cuenta de que el conjunto es un continuum y no admite fragmentación:

En FARSAS DE UN TIEMPO comienza el enmascaramiento del autor “imberbe” o enfant terrible señalado por su (sobre) actuación en la identidad prestada por su hablante, que se atraviesa con la realidad o la impugna más bien, la expone a un espejo desde donde mirarse auténtico, porque un espejo es una mentira a la inversa”, según dirá después y las “palabras a la medida / genuinamente falsas”, interpeladas por su propia imagen enrevesada de “significantes flores estropeadas” devienen en el trabalenguas que habrá de destrabar la identidad urgida, plegada en ese YO enfatizado del invierno apremiante. Es el parto de Jano Sanmar al medio del Alfonso Sánchez de hoy, justo en la mitad de los años que lleva corridos al momento de erigirse en antólogo de su gemelo divisorio poseedor de la palabra. Su acta de bautismo es un libelo de sensaciones, donde se habla por tonos, sabores y videncias en estado de crispación y acusación latente. Disfraz ligeramente perverso de polizón que oficia de viejo navideño para entrar a saco en un juego de impostaciones defensivas y ofensivas que devuelva su farsa a cada farsante. La palabra precoz se fortalece en pleno movimiento.

En DE LA ROCA AL FUEGO la realidad pretendida por tal es poco creíble o en todo caso, poco apetecible por sí sola. Se la retuerce y exprime en esa imagen de envés que irrumpe “estalactitas saliendo de espejos / yo que le temo tanto a los espejos” en el decir de un ladrón del fuego que no cree en vaticinios sino en signos. Ahora es cuando se comienza a renegar hasta de los espejos”, por si hubiera que dar pistas al verdugo, aunque el fraude se consuma a espaldas de su hablante, atándolo a la roca-prisión-hábito-lenguaje en un sitio para la (in)movilidad convulsa, como de agitación catatónica, en que el cautivo prometeico va a declarar su réplica por rictus, evisceración, glosolalia y anatemas, en un ejercicio de tortura admitida como sutilísimo discurso político y aún más sutil discurso erótico, una cópula violenta que es triunfo para el sujeto sometido, el lugar más cómodo para su ultraje recíproco: “como si el peñón no existiese / como si el único peñasco es este papel maché / para tenerte amarrarte aguijonearte a la cama / (...) / las copas que caen de a una / nos describen el estado del cautiverio / nos restriegan cadenas / vemos desde nuestra cama / humo blanco como nuestro olvido / (...) / ritualistas sádicos / embebidos enhebrados / rostros como tendones / entre agujas / (...) / porque tras la ventana el fuego se extingue / los secretos han sido olvidados / y debo volver a mi peñasco.” A ratos parece asomarse el momo, la mueca de Antonin, su mesianismo a guisa de desprecio, su lucidez doliente. Pero en propiedad se asoma Sanmar, se asoma Sánchez.

Con NEGACIÓN se arriesga una síntesis de biografía-habla-heteronimia para ir achurando los contornos de estas fauces discursivas de apetito compulsivo: “son noches completas devorándonos entrecortadamente”. A más compromiso en el rol, más exposición de las circunstancias, más tensión del repertorio: “por lo general me encabalgo”, no obstante el pulso. Se impone atmósfera de interiores, de tratos personalizados, de espacios domésticos, de hitos testimoniales ofrecidos a la credibilidad del lector pero re-vestidos de intensidad vivencial, como si dijéramos ficcionalizados de su propia veracidad, desde ahí, internalizados en el evento poético, cual es la sustracción del tema al devenir ordinario para entregarlo a los planos de una expresión y comprensión urgente, siempre trascendente, crispada e imperiosa. Así el hablante de negación aparece redimensionado por su afán de cronista y el conjunto deviene en bitácora, porque “todo libro es la descripción pormenorizada de un viaje”, y todo viaje -agrego yo- reviste trazas de desplazamiento correlativo interior-exterior de efectos iniciáticos. El epígrafe elegido para la sección Alturas y profundidad así lo guiña, cuando se elige la cita de Nietzche que fue dilecta y varias veces insistida por Miguel Serrano, el gran peregrino de las más incómodas regiones y herejías. En este caso el viaje del hablante-cronista Sanmar-Sánchez hace suya la tradición del territorio místico con una movilidad de conciencia que lo vuelve árbol, cuerpo, suelo e historia, desde el alto desierto de Atacama en Chile (¿las ramas más altas?) hasta la selva valdiviana (¿las raíces en el infierno?), pasando por una Mesopotamia alucinada en tiempos de guerra y expolio, porque “en las sendas que unen san pedro y sequitor espero seguir mis pasos entre sombras” y esas no son otras que las desintegraciones comunes a todo hombre diezmado ya de la piel hacia afuera por las bombas de racimo, ya de la piel hacia adentro (¡Neruda todavía sirve para algo!) por un desollamiento de alma.

Respecto de ORFEBRES Y MERETRICES no puedo dejar de citar la nota respectiva que ya ofrecí para el tramo íntegro de este título: “Invitación figurativa del hablante-orfebre a un erotismo de signos: penetraciones y disoluciones que son guiños y episodios teatralizados en texturas y densidades para urdir una mitología propia: personas y lugares sustraídos a su contingencia en un juego de extemporaneidades que los intenta devolver a un asidero en una cadena de relaciones aparentemente diurnas, para escapar al devenir de lo absurdo. Esa voracidad omnívora, bulímica, lo lleva al atoramiento, vómito como de fatiga y placer, vértigo, vahído matinal de resaca, náusea del exceso de oxígeno -como en aquella playa a los pies de la selva de nuestro Sur profundo- o de la escasez de él en los cuartos donde se ofician fusiones y disoluciones densas.”.

En CIUDADES Y PARIAS es definitivamente cronista, pero se salvará de la grandilocuencia aplastante o del relato anodino con el humor negro del escéptico, las referencias destempladas al cine o a situaciones de vaticinio amateur, de travesura peligrosa, como en el pasaje en que alude a la tristemente célebre oficina de control de desastres naturales del Estado de Chile, haciéndose notar que el texto fue escrito un 27 de julio de 2009, es decir, justo 7 meses antes del cataclismo del 27 de febrero de 2010, que debe entenderse como supratexto cardinal en esta sección, donde el hablante oscila entre la pesadumbre alucinada, la inspiración hiperculta y la apatía ácrata. Adicionalmente se permitirá el tópico del sarcasmo literario especializado, para dejar puesta una divisa de afinidades electivas por oposición: “Esa cordura que me es despreciable. Esa de ser alguien que mira sus muebles y sabe que hay tres pasos desde la entrada de la casa hasta la primera lámpara. Esa que cree que Humberto Quino es gracioso, que los Héctor son sinceros, que la poesía salva y que bazurita es nuestro redentor”. Se desplaza desde los nombres de contingencia en la superficie del oficio, la provocación a los charlatanes, hacia el principio de fondo: salvación a precio de convención prudente es corrupción gregaria. Ya en el texto Quizá no todo placer sea alivio, de negación, se arriesgó a esta batalla: insidia, diatriba, la impugnación irritante e irritada son otra arista de esta poesía-vida impermeable al soborno de la cordura pactada.

Los goznes entre cada sección nunca rechinan. Se diría que el libro fue hecho de corrido como un mismo proyecto, sin desperfilar cada tramo. Estamos ante poesía incisiva y extractiva, que supone tradición y origen, que se muestra chilena y joven sabiéndose inserta pero no reconoce la baratura de banderismos generacionales ni ideológicos. Poesía de lucidez negra, de cuya pulsión queda la totalidad del gesto, que frente a la comparsa fraudulenta y los honores castradores de un (su) tiempo no duda en comprometer todo el cuerpo en el idioma de su réplica: la náusea, la expulsión del contenido hecho uno solo con su apetito.


jueves, 27 de mayo de 2010

POR ESTA PIEDRA CONOCERÉIS TODAS LAS OTRAS

Leonidas Rubio

I

El plazo de la identidad

Tal vez este sea un acto fallido: un poeta es editado y presentado por poetas, y pronuncia estas palabras ante una audiencia integrada principalmente por poetas. Es decir, un monólogo, una tautología.

El libro cuyo ritual de vuelo inauguramos hoy comienza con el balance de un primer estadio publicado por esta misma firma editorial el año 1994. En mis archivos se llamó “Plazos de Emergencia”. Al momento de publicar castigué el sustantivo abstracto por pudor. Hablé de “Cuadernos”, que eso también es. Hoy retomo mi proyecto inicial desde una fórmula frondosamente inédita donde he vuelto a dar a aquellos cuadernos el cuerpo que siempre tuvieron: espacial y temporal: un plazo que emerge y un plazo que urge.

Esa colección de versos me enfrenta al hecho sintomático del primer balbuceo: así, Cuadernos de Emergencia vino a ser mi pecado original. Con una reproducción de "La muerte de Orfeo" en la contratapa, un grabado renacentista anónimo que hoy reponemos en esta Piedra Negra como un recuerdo de ese crimen atávico que todos hacemos posible a diario. Y con estas palabras de Cristian Cottet en la solapa: "Como un reflejo yuxtapuesto de situaciones, su poesía entra de lleno en el mundo de soledad, abandono y desesperanza que genera la sociedad donde habita el poeta." Y como suele ocurrir con todo primer libro, se ha convertido aquél en mi acta de bautismo, mi pozo de extracción, el ADN de mi poesía. Mi oficioso editor puso a cargo de la presentación del libro a Jorge Teillier, a quien no llegué a conocer en profundidad, ni menos aquella noche en que, huidizo poeta de los últimos refugios como sólo él era, antimoderno insobornable, decadente en su esplendor de fama sin fortuna, encubrió sus impresiones con travesuras y chismes humorísticos mientras los asistentes lo miraban como se haría con un profeta o una estrella de rock, cuestión que no le disgustaba. Pero eso no era asunto mío. Corría la década de los noventa, y yo aún era demasiado egoísta como para dejarme afectar por las pretensiones de nadie. Por entonces me proponía mi propia juglaría, y quisieron las múltiples inquisiciones de mis edades medias personales, que terminara viendo separarse la poesía del instrumento.

Pero mi aventura nómada empezó antes aún, a fines de la década de los ochenta. Desde mi natal San José de Buenavista de Curicó partí a Santiago y antes aún a Concepción, buscando no sé qué espejismo. El pasado, ya se ha dicho, es raíz y surtidor inagotable. Hay que tomar el pasado como a un cuerpo disecado sobre una mesa de disección e inquirir en él todos los cálculos posibles como haciéndose permanentemente la propia autopsia. Sólo así se entiende el presente si acaso este fuera posible como puente entre víspera y nostalgia. Yo me miro en el pasado como en un lago cenagoso. Le soy fiel como a una religión. De él intentaré extraer ahora, para ustedes, algunos signos que -ojalá no me equivoque- merezcan repetirse.


II

Ruido de taller

En 1990 vivo en un limbo. No conozco la prisa, y si mal no recuerdo, era dueño del mundo, yendo y viniendo por los pasillos del Conservatorio y del Departamento de Español de la Facultad de Lenguas de la Universidad de Concepción. Llego a saber de contubernios, alianzas, miserias y grandezas de aquellos hombres que han dedicado su vida a la ciencia literaria, llevando el nombre de su Academia más allá de nuestras fronteras. En marzo de ese año se llama a un concurso de poesía regional para seleccionar a 10 postulantes que formarán parte de un Taller impartido por Floridor Pérez al alero de la Universidad. El jurado está compuesto por los profesores Mauricio Ostria y María Nieves Alonso, además del propio Floridor, quien ese año es escritor en residencia, becario de la Fundación Andes. Reconozco a Floridor en un pasillo de la Universidad, me presento y le entrego personalmente unas hojas encuadernadas con mis poemas. Las hojea en mi presencia, celebra el verso ancho y la estrofa de versículos con margen interior, por "inusual entre los jóvenes". "Tiene algo de rokhiano", me dice, seguido de un "mereces estar", pronunciado con tono de perdonavidas. Vuelvo a casa bajo la persistente llovizna penquista sintiéndome una masa en expansión. Entre los integrantes de aquel taller recuerdo con especial detención a Janette Hueitra, estudiante de Química venida desde Chiloé, donde fue miembro de la última hornada de jóvenes poetas de Aumen, el taller fundado por Carlos Alberto Trujillo en 1975. Su poesía era contingente pero atenta a las sutilezas de la frágil condición humana. Ella decía preferir mi estilo mordaz y barroco de entonces. Nos admiramos mutuamente. Al siguiente verano ella volvió a Chiloé y no volvimos a vernos.

Estaba también allí Marcelo Rioseco, que se obligaba a la originalidad. Estudiante de Ingeniería y mayor que yo en varios años, le recuerdo con su aspecto vampirezco que él acentuaba con anchos abrigos de los que a veces sacaba un libro de De Rokha y lo arrojaba con estruendo sobre la mesa diciendo: "este es el remedio a todos los males". De escasa conversación, su turno en las lecturas de taller no era esperado con mucho entusiasmo. Nunca nadie podría haber imaginado que en 1994 este autor ganaría el codiciado premio Revista de Libros de El Mercurio con su libro "Ludovicos". Cuando leí trozos del libro en un escaparate, observé que así como en 1990 Rioseco aprendía a silabear en De Rokha, en esta oportunidad lo hacía parafraseando a un Huidobro de primera lección, de cuyo Altazor el Ludovicos era una triste caricatura. Pero bien dice don Gonzalo que los premios son "disipación y estruendo": hoy nadie recuerda el libro de Rioseco, como los de tantos otros flamantes ganadores de laureles de un día.

Y a propósito de Gonzalo Rojas, debo decir que recuerdo nítidamente a otra integrante de aquel taller de la Universidad de Concepción de 1990: Mafalda Villa. No la recuerdo por sus poemas, de los que a decir verdad jamás acusé recibo. La recuerdo porque ella da la medida de mi ruptura con el estilo rojiano y me abre de lleno a una disyuntiva vital: hasta dónde merece exhibirse la experiencia compartida e incorporar lo cotidiano como material literario cuando esto exhibe de paso la intimidad de una persona real. Me pone en definitiva frente a un problema ético. Pero también frente a un problema estético. El anecdotario es germen nutriente del género testimonial (como lo es este discurso sin ir más lejos) pero en poesía su conveniencia es más esquiva. La poesía está reservada para más altas intenciones que dar evidencia de la capacidad sexual en la edad senil, máximo cuando ponemos por testigo a alguien que no tendrá oportunidad de defenderse. Así las cosas, cuando leí en Río Turbio, de Gonzalo Rojas, líneas como esta: "Amé a una muchacha de vidrio / transparente y bestial este verano... /... el epicentro de su rotación / y traslación era el fornicio... / todo se hizo difícil, amaba a otro / y yo andaba en la edad de los patriarcas / intacta sin embargo la erección / aunque lisa y llanamente amaba a otro..." Luego en "Rock sinfónico": "Mafalda era la ciega", "me empujaba casi fuera de la cama", etcétera, pensé claramente que hay una edad para hacer obra y otra para esperar la Parca. Así el poema "Adiós a la concubina" dedicado a la altiva Mafalda, pasa a ser también un adiós a la magia. Y mi ex condiscípula en el taller de 1990, Universidad de Concepción, no habrá ingresado a las páginas de la poesía chilena por sus propios escritos sino por haber inspirado las páginas más mediocres de uno de los suyos, al que se acostumbra tener por maestro. Pero en honor a la verdad recuerdo no menos que aquel desaliño el otro portento de esos mismos años adolescentes, cuando la noche en que me tendí a leer "Del Relámpago" -a mis dieciocho- el cielo estaba aún estrellado y conforme yo leía de corrido hasta el amanecer las 311 páginas inmejorables, el viento del noreste, anunciador de aguaceros, que sopla desde el mar internando en Concepción el olor del puerto de Talcahuano, se fue colando por las rendijas de mi puerta, coincidiendo exactamente la última página con un trueno seco que sacudió mi casa en Laguna Redonda, justo allí donde dice "la realidad / detrás de la realidad / pero desde el relámpago". Cerré el libro como en estado de trance y apagué la luz. Los fotones eléctricos envolvían el cuarto cuando, aún con el regusto de los versos clarividentes, oí llegar el estridente diluvio sureño. Agradezco a Don Gonzalo ese milagro.

Mi relación con Floridor Pérez está marcada por una tensión de tutor mañoso a pupilo irreverente. En un ejemplar de su libro "Chilenas y Chilenos" me escribió la siguiente dedicatoria: "Apuesto a que este poeta se vencerá a sí mismo y triunfará". Aún no entiendo qué pudo querer decir y presumo que él tampoco. Cuando a mis 24 publiqué Cuadernos de emergencia me dijo con tono despiadado: "Menos mal que avisaste que era una emergencia". Yo le respondí: "No todos podemos estar condenados a Marte. (El año 1993 Floridor Pérez publica el libro "Memorias de un condenado a amarte"). Él rió con sorna, como lo haría el reverendo poeta popular que dicen que es. Pero le aprecié y no olvido que me honró con su hospitalidad: comí en su mesa. Por esos días el ocaso de los uniformes en el gobierno nos daba a los jóvenes el júbilo de lo diferente. Embriagados de entusiasmo llegamos a ser una variación poco feliz del Rey Midas: todo cuanto tocábamos se convertía en ídolo. Los nuevos héroes eran los candidatos que encendían a las muchedumbres con sus promesas de alegría. Los fusiles cambiaron de palacio, pero antes dejaron una vergüenza en la poesía: dieron a Eduardo Anguita el Premio Nacional de Literatura, utilizando mezquinamente a ese maestro. No hay mal que por bien no venga, es poco probable que en los años sucesivos Anguita hubiese alcanzado tal distinción. En cuanto a Don Floro reconozco no saber bien qué nos distanció. Un día me dijo: "Sabes cuando dejé de creer en ti? Cuando insististe en publicar ciertos poemas que ni a ti mismo te gustaban, para que no se perdiera el momento en que los hiciste y yo diría por porfiado..." Claro, tiene toda la razón. Y creo que sigo siendo ese porfiado. Sin embargo cuando obtuve la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro y la Lectura por la 7° región el año 2000, mi amigo el poeta Alfonso Sánchez le oyó decir con orgullo "¡A Leonidas yo lo descubrí el año '90!". De nuevo le doy la razón, pero exageraría si le soy agradecido por un hecho que en mucho modos, escapa a las voluntades.

El año 1991 obtengo el primer logro que consagra mi dedicación al oficio poético: 2° lugar en el concurso Letras del Sur, organizado por el departamento de Castellano de la Universidad del Bío Bío sede Chillán. El concurso recibió postulaciones desde la VII a la XII regiones. El jurado estuvo conformado por los poetas Jaime Quezada (entonces presidente nacional de la SECH), Sergio Hernández y el crítico Carlos Ibacache (presidente de la Sociedad Literaria Ñuble). El primer lugar, nunca sabré por qué feliz sincronía, lo obtuvo Cecilia Rubio (hoy doctora en Literatura Hispánica por la Universidad de Montreal) con la colección "Imágenes en Blanco y Negro". El tercer lugar fue para el ahora narrador Sergio Gómez, quien por razones fáciles de adivinar hizo correr el feo rumor de que yo era el autor de los poemas de mi hermana. Después de este evento el futuro autor de "Carlos Marx nos vemos en el cielo" abandonó la poesía. No es algo que se lamente, aunque recuerdo haber leído con admiración a fines de los ’80 un poema suyo de cinematográfico título: “Momentos en que deseo ser recio y fuerte como el impermeable de Hampry Bogart”, hoy inhallable.

En más de un sentido creo que ese taller de Concepción en 1990 fue la antesala del que pasaría a integrar al año siguiente, ya en Santiago. Recuerdo los preparativos y no puedo menos que sorprenderme de mi candidez provinciana, cuando creí estar ad portas de un cenáculo de elegidos. Para preparar mi material consigo una vieja máquina de escribir Olivetti a la que se le salta el carro cada 10 golpes y tiene la letra o quebrada, de manera que debo completarla en forma manual, a lápiz. Tras pocos días de cerrado el concurso recibo la llamada telefónica de Floridor quien me reprende "por la presentación poco profesional de mis papeles" a la vez que me confirma como seleccionado. Paso así a pertenecer a una élite que desde afuera se adula, se envidia y se chaquetea por no pocos: el grupo de jóvenes poetas becarios de la Fundación Neruda, "la fundición". Tengo entonces 21 años y todo me parece, como es natural a esa edad, una cuestión de vida o muerte. Pese a todo creo aún hoy que los talleres de poesía de la Fundación Neruda han nutrido el panorama de la poesía chilena contemporánea de manera singular. La historia de la poesía chilena de los años '90 en adelante no podría escribirse sin nosotros, mal que les pese a algunos. Pero vamos por parte, queda paño por cortar en esta vuelta.

Debe decirse que mi promoción del Taller de poesía de la Fundación Neruda, la de 1991 –aprovecho de hacer fe de erratas respecto de la información de la solapa de Piedra Negra, donde se dice que integro ese taller en 1990, error enteramente atribuible a mí, sin discusión- debe ser a todas luces una de las más estériles en la trayectoria de esa institución. No lo digo yo, sino los hechos y las duras cifras. Allí comparto la mesa con Cristian Gómez, en quien gané un compañero de ruta y un amigo hasta hoy. Mención aparte tiene la participación de las dos únicas mujeres del Taller de esa promoción, las poetas Isabel Larraín y Nadia Prado. Recuerdo a la primera siempre elocuente y culta con la cita a flor de labio y su caballo de batalla siempre listo: la crítica estructuralista. Su propuesta poética resultó insólita. No eran poemas suyos sino grafitis fotografiados de las paredes interiores y exteriores del Hospital Psiquiátrico de Santiago. Las oraciones cuyo soporte eran los muros hacían alusión a concepciones delirantes sobre Dios y la soledad, así como el ya conocido tópico de la locura, sus límites y su relación con el genio. En la sesión de taller dedicada a su análisis el proyecto nos parece pretencioso y rebuscado, cercano al arte postvanguardista propio de los años 60, falto de inspiración y riesgo creativo personal, aunque nadie le desconoció una esencia inquietante de arte germinal, pero distante de la poesía. Se le situaría, lo veo hoy casi 20 años después, más bien en los márgenes de la plástica. Ella defiende ardorosamente su proyecto afirmando que los juicios poco entusiastas de nuestra parte responden a una falta de capacidad para la comprensión del sentido de los textos-fotos-grafitis. Nadia Prado intenta apoyarla discretamente argumentando que dicho proyecto es provocativo y audaz, por consiguiente suscita miedo y eso lleva a la falta de una justa comprensión por nuestra parte. Es decir, si la autora nos llamó ignorantes, su aliada nos llamaba con toda elegancia, cobardes. Finalmente se da lo impredecible: luego de 6 meses de hacer uso de la beca y asistir regularmente a las sesiones del taller, la dupla cesa de asistir sin mediar explicaciones. No es sino hasta diciembre de ese año cuando se devela la incógnita. Mientras se realizaba la lectura pública de finalización del taller en el marco de la Feria del Libro realizada en la Estación Mapocho, Isabel Larraín acompañada de una obsecuente Nadia Prado interrumpe la lectura con estas palabras: “Este es otro lugar por donde no pasa la poesía”. Adicionalmente acusa de falta de rigor el método empleado para las sesiones de trabajo, agregando acusaciones de autoritarismo contra Jaime Quezada. Se desata una catarsis de iras y palabrotas de dimensiones babilónicas. Alguna silla cae, las causantes del embrollo se han ido y ya nadie tiene muy claro por qué se discute. El sabotaje cumplió su objetivo. No puedo dejar de agregar que siempre me ha sorprendido leer en las solapas de libros de estas dos autoras su condición de ex miembros del Taller de la Fundación Neruda, en circunstancia que ambas renunciaron y despreciaron ostentosamente dicho espacio.
¿Y sobre aquello qué más puedo yo decir? Desde luego nada. Yo he visto poco, yo apenas me he asomado a estas cofradías desde mi condición de invitado de piedra. Siempre miro desde afuera, nunca estoy sino de visita en todos lados. Es sabio no mirar aquello que sólo dará pie a murmuraciones. Al fin y al cabo Chile no es más que un gran conventillo donde se hace conveniente pasar rápido por el pasadizo e ingresar a la pieza de uno como quien se pone a salvo.


III

Los mayores

Y abandoné toda motivación gregaria. Hice mi propio saldo de las letras chilenas. Díaz Casanueva fue coherente con la necesidad de trance que mi voz iba teniendo. Vi una vez al autor de El Sol Ciego poco antes de su muerte en esos mismos años finiseculares. El lugar: el salón auditorio de la Universidad Católica. Los viejos consagrados se sucedieron con aire de prócer. Entonces fue el turno de don Humberto. Apareció vestido como para regar el jardín. En cierto modo lo hizo. Leyó algunos pasajes de El Blasfemo Coronado y de La Hija Vertiginosa. Poco faltó para que fuera abucheado. De entre la turba salían ecos en sordina y cobardes rechiflas sin rostro. La audiencia no pudo con los versículos tensos y metafísicos del gran maestro. Por lo demás la lectura pública no era habilidad que le interesara cultivar. Al llegar de su exilio había declarado desahuciados los recitales de poesía, apelando a las muestras de artes integradas, multidisciplinarias, ya a mediados de los ochenta. Otra razón para considerarle un visionario. Y por donde quiera que se vaya uno con Don Humberto se llega a Rosamel, qué duda cabe, y de vuelta a Anguita, y en el antes y el después de esa búsqueda ansiosa de parentescos, una lacerante pregunta: ¿cómo elegir las influencias?

En honor a la verdad nunca existió para mí un Huidobro. Lo que yo conozco es Altazor, autor de un personaje llamado Vicente. Y puse ese nombre entre los míos con un sabor culposo. Los todavía jóvenes poetas de los noventa pedíamos siempre un cuartel con un dejo a renegado, alternando entre unos y otros, impostando arengas como si estuviera pendiente la última batalla de un eterno Apocalipsis. Los noventa fueron los años del reciclaje rokhiano y con él fue renombrado tácitamente el panorama olvidado de las vanguardias, con todo su arrojo adánico escaso de lógica pero siempre ávido de sistematización falaz, de programa semi racionalista, de solipsismo y de entelequia. Me puse fuera. Y donde puse la vista sólo vi oportunos mitos. Hasta hoy hago a diario mi saldo y quiero ver poetas donde los demás han puesto esfinges, se los juro: en cuanto a Gabriela, quiero ver la poeta detrás de la mujer que tantos presentan como “modelo de vida” y que sólo veo una y otra vez negándose a sí misma, pasando al hijo por sobrino, pasando por secretaria a la amada, después de proclamar la maternidad y el amor como ejes de su palabra, huyendo de ambos principios, siempre escondiéndose. En cuanto a un Pablo, quiero ver al poeta detrás del megalómano, del ogro provinciano patriarcal y fóbico a toda diferencia, potencialmente exterminador y vociferante, coterráneo mío, nacido en Licantén, a pocos kilómetros de mi San José de Buenavista, hoy convertido en estatua de palo frente al ojo de la depredación química de los bosques, allí donde todos quienes lo exaltan me ametrallarían con gusto. Y en cuanto al otro Pablo, quiero ver al poeta detrás del Premio Stalin de la Paz, detrás del operador militante, detrás del ícono en todas las banderas de los que se consideran buenas conciencias y desdeñan entrar en los dominios aún demiúrgicos del adolescente de calle Maruri. Créanme, toco a sus puertas y siempre quedo afuera porque sólo voy detrás de poesía. No me interesan las máscaras. ¿Dónde encontraré a los míos? Me soplaron vientos contrarios y como susurro llegó a mi oído un nombre atormentado: Omar Cáceres. ¿Quién me lo dictó? El único que mantuvo latente ese nombre antes de la fiesta de las reediciones: me lo dictó Miguel Serrano, el paria, el gran hereje de nuestras letras, el aristócrata bizarro, siempre entre la hidalguía y la marginalidad, entre la genialidad y el delirio. ¿Necesito salvoconducto ahora o deberé firmar en alguna parte un certificado de buena conducta? No hace falta, poco o nada tengo que hacer también entre aquellas otras huestes. Ni los de allá ni los de acá podrán reír conmigo. Por ambos costados me cuelgan los más variados letreros en el cuello: anarquista, fachistoide, sabandija, rupturista, héroe, acartonado, oportunista, consecuente, patriarcal, marica… ¡Qué comedia de heterónimos podría alimentar mi modesta trayectoria hasta este libro! A menudo creo ser ese personaje que vagaba por los bosques en Dead Man, la iniciática película de Jim Jarmusch, ese indio expulsado de su tribu que llevaba por nombre “Nobody” y era conocido como “El que habla muy alto y no dice nada”, porque tal vez los otros hablan demasiado a ras de tierra, allí donde están a salvo en sus cómodas trincheras, devenidas ya en poltronas después de caer en desuso tras las guerras agotadas. Una vez se lo dije en una carta al autor de “Ni por mar ni por tierra”. Corría el año 1999 y me respondió diciendo: "…déjese guiar por su más profunda intuición y por la Poesía. Aquí nadie le puede ayudar, sino sólo usted mismo." ¿Qué otra cosa me queda sino seguir la estrella que para bien o mal me ha tocado?


IV

Maule propio

No necesito amar mi punto de origen para entender que su destino, el mío y el de nuestro país están imbricados. A los 3 años vi encenderse el cielo de Curicó cuando una acción paramilitar hizo estallar el gaseoducto de Teno, a mediados de 1973, ese año en que vi a las mujeres de mi casa quemando libros al fondo del patio. Fuego sobre fuego. Eran divertidas las grandes hogueras.

En los márgenes del río Maule tuve una experiencia mística, frente a una bandada de buitres que merodeaban un cordero muerto. Creo que el olor de la carne podrida me indujo alucinaciones y me hice adicto al aroma de la proteína descompuesta. En los márgenes del río Maule tuve el descubrimiento del cuerpo como un hallazgo milagroso, y aplaqué con sus aguas el ardor de mis primeros juegos eróticos compartidos con algún amigo, de esos que sólo se ven en vacaciones. Sí, puedo asegurarlo, no tengo sentido de pertenencia, pero sí punto de origen. No sé hacia donde deba ir ni me interesa, pero sé desde dónde he partido, qué agüeros, estigmas y atavismos habrán de perseguirme.

En una página de Cuadernos de Emergencia dejé escrito el nombre de dos guerrilleros que protagonizaron un hecho de sangre en la pre-cordillera frente a mi ciudad, en el caserío de Los Queñes. El entorno: los rápidos del río Teno y cruzando la arteria portentosa, la sierra y la voluptuosidad botánica. En un risco está la casa del germanista Otto Döor, poeta a su manera, que acaso habrá escuchado en las auroras queñinas el llamado de los ángeles de Rilke. Allí me perdí una noche sobre los 800 metros de altura y fui rescatado por lugareños, después de cruzar el Puente Cimbra rehaciendo la ruta de aquellos dos insurgentes, no por honor de sus banderas que no eran ni son las mías, sino por el convite trágico de la fatalidad, el aliento fúnebre que siempre llama más y más adentro de la boca del lobo. Esa noche cambió mi ritmo, el sentido de orientación y vibración de mi palabra. Para que la palabra se acere a veces es necesario un tratamiento de choque.

Hermanado por el Maule se me dio uno de mis mayores compañeros en la palabra, Enrique Villablanca. Lo vi quedarse de a poco sin interlocutores. Un día me dice: "Se está muriendo gente que no se había muerto nunca." Así tuvo él mismo su turno, demasiado a prisa, herido por las plagas que no perdonan, privándome de su luz tan pronto como alcancé a vislumbrarla. Enrique fue de otro tiempo. De un tiempo "simputarizado", en que para ir a Constitución (Nueva Bilbao como él la llamaba en feroz anacronismo) se iba en un tren de ramal que tardaba 4 horas. La vida lenta de la aldea de hace 30 años se quedó en su palabra grave y atónita frente a un mundo que dejó de ser el suyo. Por eso tuvo que llenar su casa con objetos terrestres, piedras y artesanías que le devolvieron un paisaje que se le escapaba. No pudo retenerlas sin embargo, ni nosotros lo merecimos por más tiempo. De él también es una parte de este libro.


V

Mi dominio, la muerte

¿Qué es la alquimia para el hombre, sino la búsqueda y el despertar de la Vida secretamente adormecida bajo la gruesa envoltura del ser y la ruda corteza de las cosas?

(Fulcanelli)

Dice Jaime Quezada que tener una hermosa infancia es un mal comienzo para la vida. Visto de ese modo mi vida tuvo un buen comienzo. Tener una familia numerosa significa tener muchos muertos y eso no es algo que un niño entienda fácilmente. Pero de la muerte cotidiana se abrió -como un libro capaz de leerse a sí mismo en voz alta-, la alquimia de mis voces y el color de mi vértigo.

Siendo niño vislumbré la magia a través de la alquimia natural que operan las estaciones de la tierra. Cada invierno me habría de ocurrir que un cuadro febril me obligaba a guardar cama durante semanas. Cuando esto ocurría en los meses de lluvia mi sensación en la convalecencia era la de estar a la espera de un acontecimiento prodigioso. Mientras reposaba en la máxima protección, la materia se iba transformando en extramuros para mostrar tras la acumulación de energías gaseosas el negro espesor de la putrefacción redentora. Muchas veces salí del lecho a hurtadillas con el fin de escrutar el secreto de la transformación terrestre, que me anticipaba la irrupción del impulso germinativo. La sensación era no distinta de la que habrá experimentado el artista químico al esperar la madurez de su mixtura mineral. Puedo dar fe del negro más bruno entre la negrura conocida: el tinte de la reducción, azul de tan oscuro. Y he visto el blanco níveo de los gusanos de la licuefacción, que fagocitan el humus en el compost bullente hasta devolverle la fertilidad. Todo ello me condicionó a albergar preferencias por el invierno fecundo, cultivo imprescindible para la promesa del Andrógino, ese prodigio guardado en el calor del vientre alterno, ese homúnculo, ese Hijo de Hombre. La espera de la incubación o la espera de la germinación fueron para mí un proceso místico. Sin ello jamás hubiera podido apropiarme ni una sola palabra. Los libros ocultistas fueron mi Biblia paralela, es cierto, pero no consiguieron hacerme menos ateo que la otra, por antitético defecto. Y de la alquimia sólo he podido aprender una cosa: el cuerpo es el único tesoro. En los juegos de minerales y fieras emblemáticas nunca he podido ver otra cosa que cuerpos. De eso está hecho este libro: cuerpos que se unen y cuerpos que se deshacen, cuerpos que se buscan y cuerpos que se expanden en su contacto, cuerpos que caen y descienden a la putrefacción y cuerpos que se iluminan en el clímax eléctrico del deseo. No tengo otra fuente de inspiración: ni la emoción ni la razón ni las intuiciones mágicas, sólo el cuerpo. Si al hablar de alquimia se hablaba de otra cosa, tal vez no entendí bien, pero prefiero quedarme con mi malentendido.

La pregunta resuena en mis sienes como un escopetazo: ¿Cómo escribir los episodios que marcan la experiencia al rojo vivo y educan más que cualquier academia? El estigma del “tonto solemne” es un fardo muy pesado. Mi palabra quiere reclamar su solemnidad. Quiere ser grave porque su causa es grave.

¿Quiénes han venido conmigo, a quiénes puedo reconocer al fin y al cabo en esta tribu invisible de la que yo mismo me he expulsado? Quiero creer que en este éxodo no declarado adivino las huellas en la arena de algunos que han dado sus libros como bengalas en la noche ancha y ajena, a costa de su propio encandilamiento: Cristián Gómez, Alfonso Sánchez, Vero Jiménez, Cristian Formoso, Alejandra del Río, Jorge Cid cuya Lavia larvaria me sacudió de asombro haciendo equilibrio en la orilla misma de la palabra, parado sobre la fisura de los géneros; Antonio Silva cuya Matria es el estado del ser que será siempre promesa. Adoro cada una de esas palabras suyas, y a todos ellos, casi siempre invisibles como yo, espectrales, definiéndonos a medias entre la sombra y el espejo. Parte de ellos también es este libro. Y de entre las sibilas, leo mi oráculo en Marina con devoción, Marina Arrate, conocedora de piedras duras de pulir, siempre auténtica, siempre instigadora de sentidos nuevos y a la vez vernáculos que me invaden y envuelven como un eco. Pero hay dos en quienes quisiera detenerme, porque sus nombres son rayas en el agua, de esas que no se ven pero que le dan curso sostenido a la corriente: primero, Cristian Cotett, no sólo porque es amigo leal y generoso como conozco pocos, sino porque en su poesía hay un oficio de testimonio que elude todo propagandismo y extrae su palabra desde la ternura lúcida, oficiosa pero cotidiana, desde la memoria desgarrada sin un ápice de resentimiento, con el ritmo y la consistencia ejemplar del que es ante todo poeta. Y el segundo, Américo Reyes, autor de un pequeño libro en esta misma editorial, del año 1995, pero presente desde mucho antes y para mucho después en la poesía chilena, porque es una suerte de pionero del homoerotismo en nuestras letras, mucho antes de que alguien importara el apelativo para llamar a esa corriente, mucho antes de que se pusiera de moda que cada crítico, cada esnob y ahora cada político astuto de este país tenga a la mano su “loca” para que le traiga buena suerte. Me hace sentido recordar una anécdota que cuenta este poeta, que fue cercano por años a la ahora casi mítica Stella Díaz Varín, la que en un primer encuentro personal, compartiendo entre dos una humilde cajita de vino barato, bailando ella en un improvisado estilo flamenco la canción La maza de Silvio Rodríguez, se le queda mirando de pronto y con ojos lacerantes le dice a Américo: “¿Vos soi’s maricón cierto?, ante cuya intimidada pero no menos afirmativa respuesta gestual del poeta curicano agregó ella, con magistral oxímorom que acaso sintetiza de manera inestimable toda la dignidad helénica al respecto, desde Ganímedes hasta Alejandro, desde Platón hasta el mismísimo Whitman, le espeta Stella Díaz, a boca de jarro, con su vozarrón ya legendario acompañado de un golpe seco en el pecho de Américo: “¡Hay que ser bien hombre para ser maricón!”. Que este libro sea también un homenaje a la persistencia y a la honestidad de estos amigos, poetas chilenos náufragos de todas las generaciones.


Y finalmente mi alerta inevitable. Quiero ser el aguafiestas de la pachorra lectora que hoy día evidencia su inhabilidad envolviéndose de marcas registradas que hacen el trabajo fácil administrando a la rápida las etiquetas al uso, conformándose en el silabeo monocorde de lo “queer” o “kischt” o “punk”, fatigadamente repetitivo, con la anuencia de una crítica semi ausente, que parece desinteresada en hacer honor a su propia inteligencia. Permítanme una apuesta nueva con este libro, la apuesta al caballo que corre para atrás, donde sí habitan los invisibles, los que no daremos tribuna para el voyeurismo de nuestras rarezas sin que al menos estén dispuestos a trabajar un referente nuevo, cambiar de catalejo para aguzar el ángulo: la reposición del signo, la salvación del símbolo, la restauración del tabú que conserva las historias vivas de la tribu allí donde se multiplican sus audacias a la par que se intensifican sus heridas, no donde se exhiben como fantasías o artificios o extravagancias de escaparate. Sólo así se hace negación. Se los digo yo, que soy una venerable puta de la belleza desde hace no menos de 20 años y tengo la soberbia de decir que en 1994 dejé escrita en una página y media, en un poema llamado Ellos no publican*, el itinerario de aquellos mordidos en el sexo y en la lengua que transitábamos las calles y las noches de un país hecho pedazos, y quedó dicho a favor de la poesía, quedó dicho el mismo afán que hoy día alguno ha intentado registrar en esfuerzo fallido con 2000 páginas de ripio, que pesan más o menos lo que pesa una corona. Reclamo al lector activo, capaz de penetrar en el discurso desde la potencia arrebatada del signo vivo pero a la vez reclamo al lector pasivo, capaz de dejarse envolver en ese abrazo germinante de la palabra para devolver la magia re-potenciada por su propio estremecimiento. ¡Que nazca de una buena vez para nuestra poesía, el lector moderno!

¿Cómo se hizo lo hecho? No puede ser obra de esta sola vida. Y lo que quede por hacer tampoco será producto de lo que pueda insuflar un sólo corazón. No espero tener longevidad. He vivido muy apretadamente como para eso, por no decir que con frecuencia creo haber vivido dos días en uno, o sea que al fin y al cabo, ya tengo cerca de ochenta años. Ya no partí demasiado joven. Para ello los Dioses tenían que amarme demasiado y yo estoy en deuda con ellos. Mi misión será entonces justificar cada segundo. Hasta saber que todo fue necesario.


Buenavista, 1 al 10, diciembre de 2009



*ELLOS NO PUBLICAN




En las noches con espuma salen estos lobos
Se deslizan por la soga
que sostiene al mundo se olfatean
se asedian por años bajo la suela de la piel
Solamente porque mueren están en crecimiento
y rotan en él trasladando sus bandadas
de un punto a otro de su cráneo planeta
Viven moscas del bien en latitud pómulos fríos
Ellos las llevan impidiendo que se peguen
las revuelven mutuas
como si fuera otra sangre que nos los deja de buscar
como si fuese un semen que se les ha oscurecido
ante el peligro de hacerlos reales entre amor y amor
exagerando lo visible en el vacío
por un círculo impreso en el cordón de la mirada

A ellos les buscan trabajo
estando vivos o muertos


Alimentarse por la bragueta los lleva
hasta los dientes

Tras los muros semimuros es lírica la vida
Tras el hemisferio blando de las ruinas
es líquida
la risa
Tras el trasero de poliuretano
es lírica es cívica la vida

Ellos viven donde empieza la semana
con un difícil minuto de aceite sincero
Sus palabras como su muerte huelen a mal dormir
pero los párpados sucios donde las apariciones
resbalan
cubren la pantalla hasta apagarnos a todos.



(De 1990, incluido en Cuadernos de Emergencia,
Mosquito Editores, 1994)