jueves, 27 de mayo de 2010
POR ESTA PIEDRA CONOCERÉIS TODAS LAS OTRAS
I
El plazo de la identidad
Tal vez este sea un acto fallido: un poeta es editado y presentado por poetas, y pronuncia estas palabras ante una audiencia integrada principalmente por poetas. Es decir, un monólogo, una tautología.
El libro cuyo ritual de vuelo inauguramos hoy comienza con el balance de un primer estadio publicado por esta misma firma editorial el año 1994. En mis archivos se llamó “Plazos de Emergencia”. Al momento de publicar castigué el sustantivo abstracto por pudor. Hablé de “Cuadernos”, que eso también es. Hoy retomo mi proyecto inicial desde una fórmula frondosamente inédita donde he vuelto a dar a aquellos cuadernos el cuerpo que siempre tuvieron: espacial y temporal: un plazo que emerge y un plazo que urge.
Esa colección de versos me enfrenta al hecho sintomático del primer balbuceo: así, Cuadernos de Emergencia vino a ser mi pecado original. Con una reproducción de "La muerte de Orfeo" en la contratapa, un grabado renacentista anónimo que hoy reponemos en esta Piedra Negra como un recuerdo de ese crimen atávico que todos hacemos posible a diario. Y con estas palabras de Cristian Cottet en la solapa: "Como un reflejo yuxtapuesto de situaciones, su poesía entra de lleno en el mundo de soledad, abandono y desesperanza que genera la sociedad donde habita el poeta." Y como suele ocurrir con todo primer libro, se ha convertido aquél en mi acta de bautismo, mi pozo de extracción, el ADN de mi poesía. Mi oficioso editor puso a cargo de la presentación del libro a Jorge Teillier, a quien no llegué a conocer en profundidad, ni menos aquella noche en que, huidizo poeta de los últimos refugios como sólo él era, antimoderno insobornable, decadente en su esplendor de fama sin fortuna, encubrió sus impresiones con travesuras y chismes humorísticos mientras los asistentes lo miraban como se haría con un profeta o una estrella de rock, cuestión que no le disgustaba. Pero eso no era asunto mío. Corría la década de los noventa, y yo aún era demasiado egoísta como para dejarme afectar por las pretensiones de nadie. Por entonces me proponía mi propia juglaría, y quisieron las múltiples inquisiciones de mis edades medias personales, que terminara viendo separarse la poesía del instrumento.
Pero mi aventura nómada empezó antes aún, a fines de la década de los ochenta. Desde mi natal San José de Buenavista de Curicó partí a Santiago y antes aún a Concepción, buscando no sé qué espejismo. El pasado, ya se ha dicho, es raíz y surtidor inagotable. Hay que tomar el pasado como a un cuerpo disecado sobre una mesa de disección e inquirir en él todos los cálculos posibles como haciéndose permanentemente la propia autopsia. Sólo así se entiende el presente si acaso este fuera posible como puente entre víspera y nostalgia. Yo me miro en el pasado como en un lago cenagoso. Le soy fiel como a una religión. De él intentaré extraer ahora, para ustedes, algunos signos que -ojalá no me equivoque- merezcan repetirse.
II
Ruido de taller
En 1990 vivo en un limbo. No conozco la prisa, y si mal no recuerdo, era dueño del mundo, yendo y viniendo por los pasillos del Conservatorio y del Departamento de Español de la Facultad de Lenguas de la Universidad de Concepción. Llego a saber de contubernios, alianzas, miserias y grandezas de aquellos hombres que han dedicado su vida a la ciencia literaria, llevando el nombre de su Academia más allá de nuestras fronteras. En marzo de ese año se llama a un concurso de poesía regional para seleccionar a 10 postulantes que formarán parte de un Taller impartido por Floridor Pérez al alero de la Universidad. El jurado está compuesto por los profesores Mauricio Ostria y María Nieves Alonso, además del propio Floridor, quien ese año es escritor en residencia, becario de la Fundación Andes. Reconozco a Floridor en un pasillo de la Universidad, me presento y le entrego personalmente unas hojas encuadernadas con mis poemas. Las hojea en mi presencia, celebra el verso ancho y la estrofa de versículos con margen interior, por "inusual entre los jóvenes". "Tiene algo de rokhiano", me dice, seguido de un "mereces estar", pronunciado con tono de perdonavidas. Vuelvo a casa bajo la persistente llovizna penquista sintiéndome una masa en expansión. Entre los integrantes de aquel taller recuerdo con especial detención a Janette Hueitra, estudiante de Química venida desde Chiloé, donde fue miembro de la última hornada de jóvenes poetas de Aumen, el taller fundado por Carlos Alberto Trujillo en 1975. Su poesía era contingente pero atenta a las sutilezas de la frágil condición humana. Ella decía preferir mi estilo mordaz y barroco de entonces. Nos admiramos mutuamente. Al siguiente verano ella volvió a Chiloé y no volvimos a vernos.
Estaba también allí Marcelo Rioseco, que se obligaba a la originalidad. Estudiante de Ingeniería y mayor que yo en varios años, le recuerdo con su aspecto vampirezco que él acentuaba con anchos abrigos de los que a veces sacaba un libro de De Rokha y lo arrojaba con estruendo sobre la mesa diciendo: "este es el remedio a todos los males". De escasa conversación, su turno en las lecturas de taller no era esperado con mucho entusiasmo. Nunca nadie podría haber imaginado que en 1994 este autor ganaría el codiciado premio Revista de Libros de El Mercurio con su libro "Ludovicos". Cuando leí trozos del libro en un escaparate, observé que así como en 1990 Rioseco aprendía a silabear en De Rokha, en esta oportunidad lo hacía parafraseando a un Huidobro de primera lección, de cuyo Altazor el Ludovicos era una triste caricatura. Pero bien dice don Gonzalo que los premios son "disipación y estruendo": hoy nadie recuerda el libro de Rioseco, como los de tantos otros flamantes ganadores de laureles de un día.
Y a propósito de Gonzalo Rojas, debo decir que recuerdo nítidamente a otra integrante de aquel taller de la Universidad de Concepción de 1990: Mafalda Villa. No la recuerdo por sus poemas, de los que a decir verdad jamás acusé recibo. La recuerdo porque ella da la medida de mi ruptura con el estilo rojiano y me abre de lleno a una disyuntiva vital: hasta dónde merece exhibirse la experiencia compartida e incorporar lo cotidiano como material literario cuando esto exhibe de paso la intimidad de una persona real. Me pone en definitiva frente a un problema ético. Pero también frente a un problema estético. El anecdotario es germen nutriente del género testimonial (como lo es este discurso sin ir más lejos) pero en poesía su conveniencia es más esquiva. La poesía está reservada para más altas intenciones que dar evidencia de la capacidad sexual en la edad senil, máximo cuando ponemos por testigo a alguien que no tendrá oportunidad de defenderse. Así las cosas, cuando leí en Río Turbio, de Gonzalo Rojas, líneas como esta: "Amé a una muchacha de vidrio / transparente y bestial este verano... /... el epicentro de su rotación / y traslación era el fornicio... / todo se hizo difícil, amaba a otro / y yo andaba en la edad de los patriarcas / intacta sin embargo la erección / aunque lisa y llanamente amaba a otro..." Luego en "Rock sinfónico": "Mafalda era la ciega", "me empujaba casi fuera de la cama", etcétera, pensé claramente que hay una edad para hacer obra y otra para esperar la Parca. Así el poema "Adiós a la concubina" dedicado a la altiva Mafalda, pasa a ser también un adiós a la magia. Y mi ex condiscípula en el taller de 1990, Universidad de Concepción, no habrá ingresado a las páginas de la poesía chilena por sus propios escritos sino por haber inspirado las páginas más mediocres de uno de los suyos, al que se acostumbra tener por maestro. Pero en honor a la verdad recuerdo no menos que aquel desaliño el otro portento de esos mismos años adolescentes, cuando la noche en que me tendí a leer "Del Relámpago" -a mis dieciocho- el cielo estaba aún estrellado y conforme yo leía de corrido hasta el amanecer las 311 páginas inmejorables, el viento del noreste, anunciador de aguaceros, que sopla desde el mar internando en Concepción el olor del puerto de Talcahuano, se fue colando por las rendijas de mi puerta, coincidiendo exactamente la última página con un trueno seco que sacudió mi casa en Laguna Redonda, justo allí donde dice "la realidad / detrás de la realidad / pero desde el relámpago". Cerré el libro como en estado de trance y apagué la luz. Los fotones eléctricos envolvían el cuarto cuando, aún con el regusto de los versos clarividentes, oí llegar el estridente diluvio sureño. Agradezco a Don Gonzalo ese milagro.
Mi relación con Floridor Pérez está marcada por una tensión de tutor mañoso a pupilo irreverente. En un ejemplar de su libro "Chilenas y Chilenos" me escribió la siguiente dedicatoria: "Apuesto a que este poeta se vencerá a sí mismo y triunfará". Aún no entiendo qué pudo querer decir y presumo que él tampoco. Cuando a mis 24 publiqué Cuadernos de emergencia me dijo con tono despiadado: "Menos mal que avisaste que era una emergencia". Yo le respondí: "No todos podemos estar condenados a Marte. (El año 1993 Floridor Pérez publica el libro "Memorias de un condenado a amarte"). Él rió con sorna, como lo haría el reverendo poeta popular que dicen que es. Pero le aprecié y no olvido que me honró con su hospitalidad: comí en su mesa. Por esos días el ocaso de los uniformes en el gobierno nos daba a los jóvenes el júbilo de lo diferente. Embriagados de entusiasmo llegamos a ser una variación poco feliz del Rey Midas: todo cuanto tocábamos se convertía en ídolo. Los nuevos héroes eran los candidatos que encendían a las muchedumbres con sus promesas de alegría. Los fusiles cambiaron de palacio, pero antes dejaron una vergüenza en la poesía: dieron a Eduardo Anguita el Premio Nacional de Literatura, utilizando mezquinamente a ese maestro. No hay mal que por bien no venga, es poco probable que en los años sucesivos Anguita hubiese alcanzado tal distinción. En cuanto a Don Floro reconozco no saber bien qué nos distanció. Un día me dijo: "Sabes cuando dejé de creer en ti? Cuando insististe en publicar ciertos poemas que ni a ti mismo te gustaban, para que no se perdiera el momento en que los hiciste y yo diría por porfiado..." Claro, tiene toda la razón. Y creo que sigo siendo ese porfiado. Sin embargo cuando obtuve la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro y la Lectura por la 7° región el año 2000, mi amigo el poeta Alfonso Sánchez le oyó decir con orgullo "¡A Leonidas yo lo descubrí el año '90!". De nuevo le doy la razón, pero exageraría si le soy agradecido por un hecho que en mucho modos, escapa a las voluntades.
El año 1991 obtengo el primer logro que consagra mi dedicación al oficio poético: 2° lugar en el concurso Letras del Sur, organizado por el departamento de Castellano de la Universidad del Bío Bío sede Chillán. El concurso recibió postulaciones desde la VII a la XII regiones. El jurado estuvo conformado por los poetas Jaime Quezada (entonces presidente nacional de la SECH), Sergio Hernández y el crítico Carlos Ibacache (presidente de la Sociedad Literaria Ñuble). El primer lugar, nunca sabré por qué feliz sincronía, lo obtuvo Cecilia Rubio (hoy doctora en Literatura Hispánica por la Universidad de Montreal) con la colección "Imágenes en Blanco y Negro". El tercer lugar fue para el ahora narrador Sergio Gómez, quien por razones fáciles de adivinar hizo correr el feo rumor de que yo era el autor de los poemas de mi hermana. Después de este evento el futuro autor de "Carlos Marx nos vemos en el cielo" abandonó la poesía. No es algo que se lamente, aunque recuerdo haber leído con admiración a fines de los ’80 un poema suyo de cinematográfico título: “Momentos en que deseo ser recio y fuerte como el impermeable de Hampry Bogart”, hoy inhallable.
En más de un sentido creo que ese taller de Concepción en 1990 fue la antesala del que pasaría a integrar al año siguiente, ya en Santiago. Recuerdo los preparativos y no puedo menos que sorprenderme de mi candidez provinciana, cuando creí estar ad portas de un cenáculo de elegidos. Para preparar mi material consigo una vieja máquina de escribir Olivetti a la que se le salta el carro cada 10 golpes y tiene la letra o quebrada, de manera que debo completarla en forma manual, a lápiz. Tras pocos días de cerrado el concurso recibo la llamada telefónica de Floridor quien me reprende "por la presentación poco profesional de mis papeles" a la vez que me confirma como seleccionado. Paso así a pertenecer a una élite que desde afuera se adula, se envidia y se chaquetea por no pocos: el grupo de jóvenes poetas becarios de la Fundación Neruda, "la fundición". Tengo entonces 21 años y todo me parece, como es natural a esa edad, una cuestión de vida o muerte. Pese a todo creo aún hoy que los talleres de poesía de la Fundación Neruda han nutrido el panorama de la poesía chilena contemporánea de manera singular. La historia de la poesía chilena de los años '90 en adelante no podría escribirse sin nosotros, mal que les pese a algunos. Pero vamos por parte, queda paño por cortar en esta vuelta.
Debe decirse que mi promoción del Taller de poesía de la Fundación Neruda, la de 1991 –aprovecho de hacer fe de erratas respecto de la información de la solapa de Piedra Negra, donde se dice que integro ese taller en 1990, error enteramente atribuible a mí, sin discusión- debe ser a todas luces una de las más estériles en la trayectoria de esa institución. No lo digo yo, sino los hechos y las duras cifras. Allí comparto la mesa con Cristian Gómez, en quien gané un compañero de ruta y un amigo hasta hoy. Mención aparte tiene la participación de las dos únicas mujeres del Taller de esa promoción, las poetas Isabel Larraín y Nadia Prado. Recuerdo a la primera siempre elocuente y culta con la cita a flor de labio y su caballo de batalla siempre listo: la crítica estructuralista. Su propuesta poética resultó insólita. No eran poemas suyos sino grafitis fotografiados de las paredes interiores y exteriores del Hospital Psiquiátrico de Santiago. Las oraciones cuyo soporte eran los muros hacían alusión a concepciones delirantes sobre Dios y la soledad, así como el ya conocido tópico de la locura, sus límites y su relación con el genio. En la sesión de taller dedicada a su análisis el proyecto nos parece pretencioso y rebuscado, cercano al arte postvanguardista propio de los años 60, falto de inspiración y riesgo creativo personal, aunque nadie le desconoció una esencia inquietante de arte germinal, pero distante de la poesía. Se le situaría, lo veo hoy casi 20 años después, más bien en los márgenes de la plástica. Ella defiende ardorosamente su proyecto afirmando que los juicios poco entusiastas de nuestra parte responden a una falta de capacidad para la comprensión del sentido de los textos-fotos-grafitis. Nadia Prado intenta apoyarla discretamente argumentando que dicho proyecto es provocativo y audaz, por consiguiente suscita miedo y eso lleva a la falta de una justa comprensión por nuestra parte. Es decir, si la autora nos llamó ignorantes, su aliada nos llamaba con toda elegancia, cobardes. Finalmente se da lo impredecible: luego de 6 meses de hacer uso de la beca y asistir regularmente a las sesiones del taller, la dupla cesa de asistir sin mediar explicaciones. No es sino hasta diciembre de ese año cuando se devela la incógnita. Mientras se realizaba la lectura pública de finalización del taller en el marco de la Feria del Libro realizada en la Estación Mapocho, Isabel Larraín acompañada de una obsecuente Nadia Prado interrumpe la lectura con estas palabras: “Este es otro lugar por donde no pasa la poesía”. Adicionalmente acusa de falta de rigor el método empleado para las sesiones de trabajo, agregando acusaciones de autoritarismo contra Jaime Quezada. Se desata una catarsis de iras y palabrotas de dimensiones babilónicas. Alguna silla cae, las causantes del embrollo se han ido y ya nadie tiene muy claro por qué se discute. El sabotaje cumplió su objetivo. No puedo dejar de agregar que siempre me ha sorprendido leer en las solapas de libros de estas dos autoras su condición de ex miembros del Taller de la Fundación Neruda, en circunstancia que ambas renunciaron y despreciaron ostentosamente dicho espacio.
¿Y sobre aquello qué más puedo yo decir? Desde luego nada. Yo he visto poco, yo apenas me he asomado a estas cofradías desde mi condición de invitado de piedra. Siempre miro desde afuera, nunca estoy sino de visita en todos lados. Es sabio no mirar aquello que sólo dará pie a murmuraciones. Al fin y al cabo Chile no es más que un gran conventillo donde se hace conveniente pasar rápido por el pasadizo e ingresar a la pieza de uno como quien se pone a salvo.
III
Los mayores
Y abandoné toda motivación gregaria. Hice mi propio saldo de las letras chilenas. Díaz Casanueva fue coherente con la necesidad de trance que mi voz iba teniendo. Vi una vez al autor de El Sol Ciego poco antes de su muerte en esos mismos años finiseculares. El lugar: el salón auditorio de la Universidad Católica. Los viejos consagrados se sucedieron con aire de prócer. Entonces fue el turno de don Humberto. Apareció vestido como para regar el jardín. En cierto modo lo hizo. Leyó algunos pasajes de El Blasfemo Coronado y de La Hija Vertiginosa. Poco faltó para que fuera abucheado. De entre la turba salían ecos en sordina y cobardes rechiflas sin rostro. La audiencia no pudo con los versículos tensos y metafísicos del gran maestro. Por lo demás la lectura pública no era habilidad que le interesara cultivar. Al llegar de su exilio había declarado desahuciados los recitales de poesía, apelando a las muestras de artes integradas, multidisciplinarias, ya a mediados de los ochenta. Otra razón para considerarle un visionario. Y por donde quiera que se vaya uno con Don Humberto se llega a Rosamel, qué duda cabe, y de vuelta a Anguita, y en el antes y el después de esa búsqueda ansiosa de parentescos, una lacerante pregunta: ¿cómo elegir las influencias?
En honor a la verdad nunca existió para mí un Huidobro. Lo que yo conozco es Altazor, autor de un personaje llamado Vicente. Y puse ese nombre entre los míos con un sabor culposo. Los todavía jóvenes poetas de los noventa pedíamos siempre un cuartel con un dejo a renegado, alternando entre unos y otros, impostando arengas como si estuviera pendiente la última batalla de un eterno Apocalipsis. Los noventa fueron los años del reciclaje rokhiano y con él fue renombrado tácitamente el panorama olvidado de las vanguardias, con todo su arrojo adánico escaso de lógica pero siempre ávido de sistematización falaz, de programa semi racionalista, de solipsismo y de entelequia. Me puse fuera. Y donde puse la vista sólo vi oportunos mitos. Hasta hoy hago a diario mi saldo y quiero ver poetas donde los demás han puesto esfinges, se los juro: en cuanto a Gabriela, quiero ver la poeta detrás de la mujer que tantos presentan como “modelo de vida” y que sólo veo una y otra vez negándose a sí misma, pasando al hijo por sobrino, pasando por secretaria a la amada, después de proclamar la maternidad y el amor como ejes de su palabra, huyendo de ambos principios, siempre escondiéndose. En cuanto a un Pablo, quiero ver al poeta detrás del megalómano, del ogro provinciano patriarcal y fóbico a toda diferencia, potencialmente exterminador y vociferante, coterráneo mío, nacido en Licantén, a pocos kilómetros de mi San José de Buenavista, hoy convertido en estatua de palo frente al ojo de la depredación química de los bosques, allí donde todos quienes lo exaltan me ametrallarían con gusto. Y en cuanto al otro Pablo, quiero ver al poeta detrás del Premio Stalin de la Paz, detrás del operador militante, detrás del ícono en todas las banderas de los que se consideran buenas conciencias y desdeñan entrar en los dominios aún demiúrgicos del adolescente de calle Maruri. Créanme, toco a sus puertas y siempre quedo afuera porque sólo voy detrás de poesía. No me interesan las máscaras. ¿Dónde encontraré a los míos? Me soplaron vientos contrarios y como susurro llegó a mi oído un nombre atormentado: Omar Cáceres. ¿Quién me lo dictó? El único que mantuvo latente ese nombre antes de la fiesta de las reediciones: me lo dictó Miguel Serrano, el paria, el gran hereje de nuestras letras, el aristócrata bizarro, siempre entre la hidalguía y la marginalidad, entre la genialidad y el delirio. ¿Necesito salvoconducto ahora o deberé firmar en alguna parte un certificado de buena conducta? No hace falta, poco o nada tengo que hacer también entre aquellas otras huestes. Ni los de allá ni los de acá podrán reír conmigo. Por ambos costados me cuelgan los más variados letreros en el cuello: anarquista, fachistoide, sabandija, rupturista, héroe, acartonado, oportunista, consecuente, patriarcal, marica… ¡Qué comedia de heterónimos podría alimentar mi modesta trayectoria hasta este libro! A menudo creo ser ese personaje que vagaba por los bosques en Dead Man, la iniciática película de Jim Jarmusch, ese indio expulsado de su tribu que llevaba por nombre “Nobody” y era conocido como “El que habla muy alto y no dice nada”, porque tal vez los otros hablan demasiado a ras de tierra, allí donde están a salvo en sus cómodas trincheras, devenidas ya en poltronas después de caer en desuso tras las guerras agotadas. Una vez se lo dije en una carta al autor de “Ni por mar ni por tierra”. Corría el año 1999 y me respondió diciendo: "…déjese guiar por su más profunda intuición y por la Poesía. Aquí nadie le puede ayudar, sino sólo usted mismo." ¿Qué otra cosa me queda sino seguir la estrella que para bien o mal me ha tocado?
IV
Maule propio
No necesito amar mi punto de origen para entender que su destino, el mío y el de nuestro país están imbricados. A los 3 años vi encenderse el cielo de Curicó cuando una acción paramilitar hizo estallar el gaseoducto de Teno, a mediados de 1973, ese año en que vi a las mujeres de mi casa quemando libros al fondo del patio. Fuego sobre fuego. Eran divertidas las grandes hogueras.
En los márgenes del río Maule tuve una experiencia mística, frente a una bandada de buitres que merodeaban un cordero muerto. Creo que el olor de la carne podrida me indujo alucinaciones y me hice adicto al aroma de la proteína descompuesta. En los márgenes del río Maule tuve el descubrimiento del cuerpo como un hallazgo milagroso, y aplaqué con sus aguas el ardor de mis primeros juegos eróticos compartidos con algún amigo, de esos que sólo se ven en vacaciones. Sí, puedo asegurarlo, no tengo sentido de pertenencia, pero sí punto de origen. No sé hacia donde deba ir ni me interesa, pero sé desde dónde he partido, qué agüeros, estigmas y atavismos habrán de perseguirme.
En una página de Cuadernos de Emergencia dejé escrito el nombre de dos guerrilleros que protagonizaron un hecho de sangre en la pre-cordillera frente a mi ciudad, en el caserío de Los Queñes. El entorno: los rápidos del río Teno y cruzando la arteria portentosa, la sierra y la voluptuosidad botánica. En un risco está la casa del germanista Otto Döor, poeta a su manera, que acaso habrá escuchado en las auroras queñinas el llamado de los ángeles de Rilke. Allí me perdí una noche sobre los 800 metros de altura y fui rescatado por lugareños, después de cruzar el Puente Cimbra rehaciendo la ruta de aquellos dos insurgentes, no por honor de sus banderas que no eran ni son las mías, sino por el convite trágico de la fatalidad, el aliento fúnebre que siempre llama más y más adentro de la boca del lobo. Esa noche cambió mi ritmo, el sentido de orientación y vibración de mi palabra. Para que la palabra se acere a veces es necesario un tratamiento de choque.
Hermanado por el Maule se me dio uno de mis mayores compañeros en la palabra, Enrique Villablanca. Lo vi quedarse de a poco sin interlocutores. Un día me dice: "Se está muriendo gente que no se había muerto nunca." Así tuvo él mismo su turno, demasiado a prisa, herido por las plagas que no perdonan, privándome de su luz tan pronto como alcancé a vislumbrarla. Enrique fue de otro tiempo. De un tiempo "simputarizado", en que para ir a Constitución (Nueva Bilbao como él la llamaba en feroz anacronismo) se iba en un tren de ramal que tardaba 4 horas. La vida lenta de la aldea de hace 30 años se quedó en su palabra grave y atónita frente a un mundo que dejó de ser el suyo. Por eso tuvo que llenar su casa con objetos terrestres, piedras y artesanías que le devolvieron un paisaje que se le escapaba. No pudo retenerlas sin embargo, ni nosotros lo merecimos por más tiempo. De él también es una parte de este libro.
V
Mi dominio, la muerte
¿Qué es la alquimia para el hombre, sino la búsqueda y el despertar de la Vida secretamente adormecida bajo la gruesa envoltura del ser y la ruda corteza de las cosas?
(Fulcanelli)
Dice Jaime Quezada que tener una hermosa infancia es un mal comienzo para la vida. Visto de ese modo mi vida tuvo un buen comienzo. Tener una familia numerosa significa tener muchos muertos y eso no es algo que un niño entienda fácilmente. Pero de la muerte cotidiana se abrió -como un libro capaz de leerse a sí mismo en voz alta-, la alquimia de mis voces y el color de mi vértigo.
Siendo niño vislumbré la magia a través de la alquimia natural que operan las estaciones de la tierra. Cada invierno me habría de ocurrir que un cuadro febril me obligaba a guardar cama durante semanas. Cuando esto ocurría en los meses de lluvia mi sensación en la convalecencia era la de estar a la espera de un acontecimiento prodigioso. Mientras reposaba en la máxima protección, la materia se iba transformando en extramuros para mostrar tras la acumulación de energías gaseosas el negro espesor de la putrefacción redentora. Muchas veces salí del lecho a hurtadillas con el fin de escrutar el secreto de la transformación terrestre, que me anticipaba la irrupción del impulso germinativo. La sensación era no distinta de la que habrá experimentado el artista químico al esperar la madurez de su mixtura mineral. Puedo dar fe del negro más bruno entre la negrura conocida: el tinte de la reducción, azul de tan oscuro. Y he visto el blanco níveo de los gusanos de la licuefacción, que fagocitan el humus en el compost bullente hasta devolverle la fertilidad. Todo ello me condicionó a albergar preferencias por el invierno fecundo, cultivo imprescindible para la promesa del Andrógino, ese prodigio guardado en el calor del vientre alterno, ese homúnculo, ese Hijo de Hombre. La espera de la incubación o la espera de la germinación fueron para mí un proceso místico. Sin ello jamás hubiera podido apropiarme ni una sola palabra. Los libros ocultistas fueron mi Biblia paralela, es cierto, pero no consiguieron hacerme menos ateo que la otra, por antitético defecto. Y de la alquimia sólo he podido aprender una cosa: el cuerpo es el único tesoro. En los juegos de minerales y fieras emblemáticas nunca he podido ver otra cosa que cuerpos. De eso está hecho este libro: cuerpos que se unen y cuerpos que se deshacen, cuerpos que se buscan y cuerpos que se expanden en su contacto, cuerpos que caen y descienden a la putrefacción y cuerpos que se iluminan en el clímax eléctrico del deseo. No tengo otra fuente de inspiración: ni la emoción ni la razón ni las intuiciones mágicas, sólo el cuerpo. Si al hablar de alquimia se hablaba de otra cosa, tal vez no entendí bien, pero prefiero quedarme con mi malentendido.
La pregunta resuena en mis sienes como un escopetazo: ¿Cómo escribir los episodios que marcan la experiencia al rojo vivo y educan más que cualquier academia? El estigma del “tonto solemne” es un fardo muy pesado. Mi palabra quiere reclamar su solemnidad. Quiere ser grave porque su causa es grave.
¿Quiénes han venido conmigo, a quiénes puedo reconocer al fin y al cabo en esta tribu invisible de la que yo mismo me he expulsado? Quiero creer que en este éxodo no declarado adivino las huellas en la arena de algunos que han dado sus libros como bengalas en la noche ancha y ajena, a costa de su propio encandilamiento: Cristián Gómez, Alfonso Sánchez, Vero Jiménez, Cristian Formoso, Alejandra del Río, Jorge Cid cuya Lavia larvaria me sacudió de asombro haciendo equilibrio en la orilla misma de la palabra, parado sobre la fisura de los géneros; Antonio Silva cuya Matria es el estado del ser que será siempre promesa. Adoro cada una de esas palabras suyas, y a todos ellos, casi siempre invisibles como yo, espectrales, definiéndonos a medias entre la sombra y el espejo. Parte de ellos también es este libro. Y de entre las sibilas, leo mi oráculo en Marina con devoción, Marina Arrate, conocedora de piedras duras de pulir, siempre auténtica, siempre instigadora de sentidos nuevos y a la vez vernáculos que me invaden y envuelven como un eco. Pero hay dos en quienes quisiera detenerme, porque sus nombres son rayas en el agua, de esas que no se ven pero que le dan curso sostenido a la corriente: primero, Cristian Cotett, no sólo porque es amigo leal y generoso como conozco pocos, sino porque en su poesía hay un oficio de testimonio que elude todo propagandismo y extrae su palabra desde la ternura lúcida, oficiosa pero cotidiana, desde la memoria desgarrada sin un ápice de resentimiento, con el ritmo y la consistencia ejemplar del que es ante todo poeta. Y el segundo, Américo Reyes, autor de un pequeño libro en esta misma editorial, del año 1995, pero presente desde mucho antes y para mucho después en la poesía chilena, porque es una suerte de pionero del homoerotismo en nuestras letras, mucho antes de que alguien importara el apelativo para llamar a esa corriente, mucho antes de que se pusiera de moda que cada crítico, cada esnob y ahora cada político astuto de este país tenga a la mano su “loca” para que le traiga buena suerte. Me hace sentido recordar una anécdota que cuenta este poeta, que fue cercano por años a la ahora casi mítica Stella Díaz Varín, la que en un primer encuentro personal, compartiendo entre dos una humilde cajita de vino barato, bailando ella en un improvisado estilo flamenco la canción La maza de Silvio Rodríguez, se le queda mirando de pronto y con ojos lacerantes le dice a Américo: “¿Vos soi’s maricón cierto?, ante cuya intimidada pero no menos afirmativa respuesta gestual del poeta curicano agregó ella, con magistral oxímorom que acaso sintetiza de manera inestimable toda la dignidad helénica al respecto, desde Ganímedes hasta Alejandro, desde Platón hasta el mismísimo Whitman, le espeta Stella Díaz, a boca de jarro, con su vozarrón ya legendario acompañado de un golpe seco en el pecho de Américo: “¡Hay que ser bien hombre para ser maricón!”. Que este libro sea también un homenaje a la persistencia y a la honestidad de estos amigos, poetas chilenos náufragos de todas las generaciones.
Y finalmente mi alerta inevitable. Quiero ser el aguafiestas de la pachorra lectora que hoy día evidencia su inhabilidad envolviéndose de marcas registradas que hacen el trabajo fácil administrando a la rápida las etiquetas al uso, conformándose en el silabeo monocorde de lo “queer” o “kischt” o “punk”, fatigadamente repetitivo, con la anuencia de una crítica semi ausente, que parece desinteresada en hacer honor a su propia inteligencia. Permítanme una apuesta nueva con este libro, la apuesta al caballo que corre para atrás, donde sí habitan los invisibles, los que no daremos tribuna para el voyeurismo de nuestras rarezas sin que al menos estén dispuestos a trabajar un referente nuevo, cambiar de catalejo para aguzar el ángulo: la reposición del signo, la salvación del símbolo, la restauración del tabú que conserva las historias vivas de la tribu allí donde se multiplican sus audacias a la par que se intensifican sus heridas, no donde se exhiben como fantasías o artificios o extravagancias de escaparate. Sólo así se hace negación. Se los digo yo, que soy una venerable puta de la belleza desde hace no menos de 20 años y tengo la soberbia de decir que en 1994 dejé escrita en una página y media, en un poema llamado Ellos no publican*, el itinerario de aquellos mordidos en el sexo y en la lengua que transitábamos las calles y las noches de un país hecho pedazos, y quedó dicho a favor de la poesía, quedó dicho el mismo afán que hoy día alguno ha intentado registrar en esfuerzo fallido con 2000 páginas de ripio, que pesan más o menos lo que pesa una corona. Reclamo al lector activo, capaz de penetrar en el discurso desde la potencia arrebatada del signo vivo pero a la vez reclamo al lector pasivo, capaz de dejarse envolver en ese abrazo germinante de la palabra para devolver la magia re-potenciada por su propio estremecimiento. ¡Que nazca de una buena vez para nuestra poesía, el lector moderno!
¿Cómo se hizo lo hecho? No puede ser obra de esta sola vida. Y lo que quede por hacer tampoco será producto de lo que pueda insuflar un sólo corazón. No espero tener longevidad. He vivido muy apretadamente como para eso, por no decir que con frecuencia creo haber vivido dos días en uno, o sea que al fin y al cabo, ya tengo cerca de ochenta años. Ya no partí demasiado joven. Para ello los Dioses tenían que amarme demasiado y yo estoy en deuda con ellos. Mi misión será entonces justificar cada segundo. Hasta saber que todo fue necesario.
Buenavista, 1 al 10, diciembre de 2009
*ELLOS NO PUBLICAN
En las noches con espuma salen estos lobos
Se deslizan por la soga
que sostiene al mundo se olfatean
se asedian por años bajo la suela de la piel
Solamente porque mueren están en crecimiento
y rotan en él trasladando sus bandadas
de un punto a otro de su cráneo planeta
Viven moscas del bien en latitud pómulos fríos
Ellos las llevan impidiendo que se peguen
las revuelven mutuas
como si fuera otra sangre que nos los deja de buscar
como si fuese un semen que se les ha oscurecido
ante el peligro de hacerlos reales entre amor y amor
exagerando lo visible en el vacío
por un círculo impreso en el cordón de la mirada
A ellos les buscan trabajo
estando vivos o muertos
Alimentarse por la bragueta los lleva
hasta los dientes
Tras los muros semimuros es lírica la vida
Tras el hemisferio blando de las ruinas
es líquida
la risa
Tras el trasero de poliuretano
es lírica es cívica la vida
Ellos viven donde empieza la semana
con un difícil minuto de aceite sincero
Sus palabras como su muerte huelen a mal dormir
pero los párpados sucios donde las apariciones
resbalan
cubren la pantalla hasta apagarnos a todos.
(De 1990, incluido en Cuadernos de Emergencia,
Mosquito Editores, 1994)
lunes, 26 de abril de 2010
Otros asuntos de la Crítica cultural
La crítica de arte fue un testimonio de los cambios que, en las manifestaciones artísticas, provocó la transformación de los paradigmas de la sociedad. Sin embargo, ¿Logró o no representarlos? ¿Estos eran para ella relevantes?. ¿Estaban acordes con su discurso ideológico? ¿Tenían discurso alguno?. ¿Compartieron la idea de que el arte fuera partícipe activo de los cambios sociales? ¿Fue el arte un actor en estos cambios?.
Al parecer uno de los principales problemas evidenciados por la crítica es la falta de un análisis metódico sistemático y especializado. Es decir, centrado en la teoría del arte y no en la historia del arte. Según lo visto en las referencias críticas de periódicos, revistas de arte y estética, la crítica se torno una investigación historiográfica y no una investigación que analizara el proceso creativo como tal. Estos observadores terminaron dando sólo testimonio del proceso histórico y cómodamente se situaron en su sillón de espectador, lo que hizo de la inercia y la falta de juicios una regla de convivencia asumida por la generalidad de los críticos. Nadie tuvo la perspectiva de patentizar que muchas de las actitudes irreflexivas de los artistas serían radicalmente variadas o modificadas al cabo de los años. Rojas Mix es un claro ejemplo de cómo las consignas simples y populistas de los años 60 y 70 debían hacerse más consistente y no llenas del efectismo que por aquellos años se predicaba en manuales del artista revolucionario. Su paso por Francia y España le dio la templanza que claramente no tenía en aquellos años en que se hizo parte de declaraciones como “El arte pertenece al hombre y la política es fundamental del hombre. Actualmente, la política es denunciar, y eso es los que está expresado en el arte. El que se desligue de la política perece como tal”. Podríamos exceptuar de la generalidad la actitud un tanto más lúcida de críticos más vinculados a las letras tales como Jorge Elliot, Enrique Lihn o Aldo Pellegrini. Elliot sitúa su discusión en aspectos de fondo con respecto a la creación y se aparta de lo contingente entrando en temas netamente estéticos más allá de la militancia real del artista. Este tiene la convicción de que la tendencia hacia la abstracción es consecuencia del debilitamiento y la falta d expresividad de la estética tradicional, el abandono de estos valores trae consigo la decadencia y la sociedad pierde su vinculación con las raíces. Por el momento nuestra única esperanza de llegar, como individuos, a un arte potente reside en no romper el débil hilo que nos liga una tradición que todavía no ha sido reemplazada. El responsable de la situación del arte es el racionalismo, que en su afán de dominar el mundo, genera un cambio en la concepción ética; el giro tecnológico exige la experimentación, la búsqueda permanente de nuevas respuestas y al mismo tiempo configura un fenómeno exterior que se apodera de lo vivencial. Lo artificial predomina por sobre lo natural, los objetos se transforman en artefactos y maquinarias de uso predeterminados por su función; así aparece el desperdicio y el desecho como paisaje. En el pasado, los artefactos terminaban por transformarse es medios de expresión artística –piénsese en los huacos incásicos- pero hoy en día el creador de artefactos mecánicos consume todo su ingenio y su inventiva en concebir como han de funcionar. Los artefactos y artificios tienen una carga utilitaria y están sujetos al mercantilismo.
O lo dicho por Aldo Pellegrini explicando que cuando se analizan los múltiples factores que concurren a la determinación de un hecho plástico, debe admitirse que el aprovechamiento de las amplias perspectivas que ofrece el lenguaje visual sólo está en sus comienzos. No en vano, los teóricos modernos del arte tienden, de más en más, a considerar el modo de expresión artístico a la luz de una estructura lingüística. Y esto vale aún para los mecanismos considerados más simples. Es el gran fenómeno de la comunicación que preside toda relación humana.
Son estos lo juicios que se esperan de los críticos. Juicios que más allá de sentirse avaladores del posicionamiento del arte como actor social o más allá de remitirse al periodismo de espectáculos audiovisuales, con performace o instalación revolucionaria incluida, desempolve su aletargado cerebro por el vértigo de los acontecimiento y plantee un análisis serio de las manifestaciones artísticas de las que es parte.
El crítico amparado por instancias editoriales de universidades ni siquiera es capaz de evidenciar la perversa relación de poder que se empiezan a tejer en este nuevo escenario en que el estado subvenciona el arte mediante los departamentos de extensión de las universidades y otras instancias públicas a las que acceden los artistas.
Podemos agregar lo escrito por Aldo Pellegrini en la revista Poesía N° 9, de Buenos Aires, en el año 1961 donde además de la búsqueda utilitarista en pos de un reconocimiento y no en busca del sentido primigenio de la labor creativa, el artista tiende a buscar un elemento que lo enceguece y del que el mismo se exculpa, evidentemente por mantener la careta del actor social desinteresado, siendo que está en pleno coqueteo con el poder, ya sea económico o estatal: El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. La poesía es una mística de la realidad. El artista busca en el arte no un modo de expresarse sino un modo de expresarse en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El artista mediante la obra no expresa la realidad, sino que participa de ella.
La puerta del arte no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad.
Pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitado por los imbéciles”.
Lo anterior nos da cuentas de que en este periodo existía, al igual que hoy, el eterno conflicto del artista de la corte o el artista que se debe a si mismo. La independencia de sus postulados estéticos se veía supeditado a los postulados o discursos políticos imperantes. El grado de independencia se hacía cada vez menos sostenible en cuanto las circunstancias sociales de tornaron más hostiles. Esto hacía inmoral el mantener una postura estética compleja y más alambicada so riesgo de aparentar enajenación del proceso revolucionario que se estaba gestando. Al artista se le exigía y el mismo, inconscientemente, se exigía ser el más claro barómetro de la realidad, no sólo en cuanto a su accionar personal, sino también en cuanto a lo que a su creación se refiere.
Es difícil analizar este periodo puesto que las referencias críticas a las que se pueden acceder están plagadas de anécdotas y no existe una actitud conciente del rol de la crítica en momentos en que los hechos y el activismo social de los artistas sobrepasaba la capacidad de análisis de que esta tenía. En síntesis la crítica puede analizarse del punto de vista de un ente ajeno al análisis, teniendo como rol primordial el ser testigo de los acontecimientos. La crítica lo que más hizo fue reseñar las diferentes actividades que se desarrollaban en los distintos institutos que fueron creándose con el objeto de aglutinar miembros con fines más político-pragandista que con el de formar o dar herramientas para la formación técnica de los artistas.
Las asociaciones de artistas antes del 60 se abocaban a un trabajo colectivo de investigación además realizando actividades de difusión. Burchard y Mori eran reivindicados como maestros y epígonos en estas conferencias y debates. Los salones para estudiantes y las conferencias públicas tenían como fin provocar el debate y la discusión como un aporte a la creación plástica.
Posteriormente la relación arte y política no estuvo ausente, sobre todo en quienes creían que el muralismo y el realismo socialista eran la única vía válida para la plástica en momentos como los que se gestaban.
Retomando el aspecto de la crítica que más aportes ha dejado, parece medular la discusión estética mantenida por Elliot y Lihn que según el primero es un axioma que mientras el mercado sea el que regule la situación, la competencia generará individualización, el arte será un objeto de consumo condenado a la búsqueda de la novedad. En esta nueva situación, el arte no tiene sentido, no tiene juicio ni valores, está condenada al vacío, vive del escepticismo, abandonando su visión interior, su capacidad vivencial. Si en algún momento la proclama fue el arte por el arte, ahora es la innovación por la innovación, y esto va en desmedro de lo que le da forma y sustento a la expresión artística: el estilo.
Por su parte Enrique Lihn dice que se prepara una asedio, desde varios frentes al arte, al arte abstracto, como si este fuera, en última instancia, el fruto maligno del árbol de la ciencia.
La creencia en una sociedad con una única noción de estilo es refractaria a todo cambio estructural progresista. Con esta creencia se intenta reivindicar el clasicismo. Al pretender alcanzar una sociedad integral se está adhiriendo al modelo espiritual y social griego. Así mismo Zarate autor de El Comportamiento de la Crítica dice que para Enrique Lihn; Elliot no hace otra cosa que desconocer la autonomía del arte; al someter y derivar la causa de la abstracción en la arquitectura se olvida que todos los movimientos contemporáneos provienen de la pintura. La idea de contaminación de las artes es excesiva, menos aun el argumento que reduce las formas significativas o simbólicas como propias de la figuración tradicional.
En lo expuesto anteriormente explicito la crítica que parece ser la más lúcida y la que realmente tiende puentes para la apreciación estética del un momento tan complejo y mitificado como fueron los años anteriores al quiebre institucional del año 73. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los artista, así como los críticos de arte no estaban enfrascados en debates de este calibre, más bien los artistas estabas más preocupados de las consignas revolucionarias y propagandísticas y los críticos, petrificados, eran pasivos espectadores del momento histórico que pasaba por sus narices, limitándose a registrarlos en una crónica historiográfica.
Evidentemente la crítica desarrollada en este punto, estaba libre no sólo de los atributos antes señalados, sino también de autonomía. Si bien debe regirse por una teoría crítica, no debería sumarle a esto, el adoptar los parámetros de la institución que la alberga.
Tales carencias podrían tener su causa en que el Estado delegó en la Universidad la preocupación por el arte, con lo cual no sólo se desligó de esta responsabilidad, sino que además lo sometió a los criterios con que la Universidad entiende su papel, así como también a las posibilidades que tiene de impulsarlo. Y agreguemos a esto la distancia con el entorno que las universidades chilenas acusaron, esto no en un plano netamente de falta de recursos o infraestructura, sino, también de un egoísmo y desidia sistemáticamente programada desde las cúpulas y rectorías y hechas suya por lo mandos medios, léase académicos universitarios.
La intensa actividad que tuvo lugar tras la fundación de museos e institutos de arte, permitió la comparación, al traer exposiciones extranjeras, y con ello fue posible determinar el estado en el que se encontraba el arte en el país. Vale decir, en relación con el arte a nivel internacional. El descubrir la situación de desventaja, inadmisible para algunos, no sólo no daba cuenta de los necesarios cambios que era indispensable implementar en el ámbito educativo, sino que además, era razón suficiente para exigirlos por cualquier vía. Lo que de alguna forma parece contradictorio en tanto se pretende reformar la educación y en vez del artista dar las herramientas para el progreso paulatino en la asimilación de contenidos por parte de la sociedad, este opto por una labor cortoplacista centrada en el asistencialismo. Esto en vista del desinterés objetivo que producía en una masa analfabeta el hecho de que quienes estaban alfabetizándolos fueran o no artista o simples activistas o políticos.
La indiferencia de la masa a la labor del artista como vocero de una revolución cultural atentaba contra el ego de quien superficialmente pretendía haber bajado del Olimpo, pero internamente sentía que era más que un engranaje en una entelequia revolucionaria.
En definitiva el utilitarismo de la labor social redundo en un progresivo acceso de los integrantes de una nunca desaparecida elite intelectual y artística a focos de poder en diversos ámbitos, ya sea como dirigentes o como docentes o académicos. Posición que los inmovilizó, tanto a ellos como a la crítica vinculada. Todo lo cual favoreció un análisis parcial de la teoría del arte y su desarrollo dentro del país. Si lo acá expuesto parece conocido y actual, se debe que el compas no cambia. Los instrumentos se han renovado y tal vez el director se cortó el pelo o esta calvo. Cambiar y tomar nota no está para quienes no tienen la intención. No la tienen y tengo dudas de que alguna vez escuchemos música de sus cuerdas.
martes, 2 de marzo de 2010
Balada para un loco
(Cochabamba, Bolivia)
El piantado, sin reflexionar sistemáticamente en la cosa,
siente que los cuerdos son demasiado almácigo simétrico y reloj suizo,
el dos después del uno y antes del tres…
y así sucede que mientras todo el mundo frena el auto cuando ve la luz roja,
él aprieta el acelerador y Dios te libre.
J. Cortázar
Me muero, me sufro, me lloro, me desgarro las vestiduras, me mutilo, no hago nada, me culpo, me sufro, me culpo, sufro, sufro, ¡sufro!: ergo, voy a recorrer esa distancia…entre el puente y el pavimiento. A fin de cuentas todo se trata de un fatal "nada tiene sentido”. Estoy hablando, por supuesto, de esa cosa amorfa llamada depresión. La enfermedad del siglo XXI. La organización mundial de la salud calculó el año 2003 que cada 40 segundos ocurría una muerte por suicidio. A nivel mundial el suicidio es una de las tres causas principales de muerte. ¿Qué hacer al respecto? ¿Qué puede hacer el depresivo? ¿Psicoanalizarse, medicarse, hacer yoga, adoptar un culto religioso, plantar un árbol? ¿De qué estamos tan enfermos? El psicoanalista diría que de falta de neurosis; el esquizoanalista, de exceso de neurosis; el psiquiatra, de descompensación química; Baudrillard, de falta de seducción; Kristeva, de falta de amor; Lacan diría finalmente que de la Falta misma.
Recordemos el caso de Cioran, eterna devoción de todos los depresivos del mundo - incluido el que suscribe - que dijo que si a los 21 años no hubiera empezado a escribir se hubiera suicidado. Paradójicamente, el hombre vivió hasta los 85 años y falleció por muerte natural. Luego pensemos en Cortazar, eterna devoción de todos los infantiloides del mundo – incluido el que suscribe- que decía: soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Al igual que Barthes ante la fotografía, ahora quisiera enfrentarme a la “enfermedad de la falta de sentido” desde una mirada irrepetible, la mirada del sujeto, escribir desde lo insustituible del sujeto del enunciado. Propongo para tal propósito una “historia ficcional del sentido” dividida en tres etapas, que nominaré circunstancialmente: (1) la cárcel del sentido, (2) el abismo del sentido y (3) la seducción del sentido. En cada caso partiré, dada la naturaleza del relato, desde textos ficcionales escogidos caprichosamente.
Empezaré con El gaucho insufrible de Roberto Bolaño. La primera frase nos dice: A juicio de quienes lo trataron íntimamente dos virtudes tuvo Héctor Pereda por encima de todo: fue un cuidadoso y tierno padre de familia y un abogado intachable, de probada honradez, en un país y en una época en que la honradez no estaba, precisamente, de moda. Es decir, Héctor Pereda fue ante todo un miembro correcto del cuerpo social, un hombre Normal. Llamo a esta etapa “la cárcel del sentido” a partir de la metáfora de Foucault. Esta etapa está sobre todo caracterizada por una inocencia ante el sentido a partir de algo que Marx llamó fetichismo. Aquellos que se encuentra en este momento ocupan el porcentaje más grande de la población mundial. El fetichismo consiste pues en naturalizar el artificio, movimiento propio de la sociedad disciplinaria. Se consideran los sentidos sociales comunes como naturalmente dados y, al igual que no se cuestiona que naturalmente el hombre debe beber agua, tampoco se cuestiona que naturalmente el hombre deba trabajar doce horas diarias. Nada que reprochar a esta etapa pues en ella uno puede ser correctamente feliz. El quiebre, en el caso de Héctor Pereda, se germina cuando jubilado y con mucho tiempo libre empieza a cultivar un febril hábito de lectura: Empezó a levantarse temprano y a buscar en los viejos libros de su biblioteca algo que ni él mismo sabía qué era. El gérmen entrópico de la sospecha es instalado en Pereda por la Ficción, de quien después se dice:
Sus hábitos higiénicos también cambiaron. Ya no se acicalaba como antes para salir a la calle. No tardó en dejar de ducharse diariamente. Un día se fue a leer el periódico a un parque sin ponerse corbata. A sus viejos amigos de siempre a veces les costaba reconocer en el nuevo Pereda al antiguo y en todos los sentidos intachable abogado… El viejo periodista pensó que el abogado se había vuelto loco y le recomendó la playa, el mar, ese aire tonificante. El juez, menos dado a las elucubraciones, pensó que Pereda se había salido por la tangente.
Lo que sigue a esta etapa de sospecha es siempre el comienzo de una serie de cuestionamientos sobre los sentidos preestablecidos (por ejemplo, en Pereda, aquello de ducharse y acicalarse diariamente). Este momento es propio de lo que en el occidente hemos llamado adolescencia. Al empezar a ser consciente del artificio del sentido sucede una mise en abyme que inevitablemente lleva a la fatal enunciación del nada tiene sentido.
El segundo texto ficcional es China Supay de Ana María Grisi. En este presenciamos el derrumbamiento psicótico de la China, toda enferma de amor: Voy a cantar bajito, voy a hablarte, voy a reírte, voy a dormirte a mi lado, voy a acariciar tu pelo, voy a silbarte mi amor para que llegue con el viento hasta tu lugar. Propongo la depresión y la melancolía como estacionamientos en este escalón del sentido. Se trata del complejo de la orfandad recién adquirida: nos sentimos huérfanos de sentido y nos precipitamos hacia el desierto del Sol Negro , hacia la muerte: En esta sequía, en este baldío, transitó necesitándote, necesitando tu voz metida en mis oídos. Luego, a pesar del carácter negativo que parece tener esta etapa, también se trata de la fascinación por el abismo. Bataille, tan romántico como era, instala su búsqueda vital en aquello que llama la soberanía. Ante el abismo de sentidos no queda más que precipitarse en el paroxismo en busca de un instante de máxima intensidad:
Mi cima era sólo para tus ojos, soberbios, dueños, eco de mis gemidos, dueños ahora de todos los silencios. Mi orgasmo se va en lágrimas de tanto tenerte metido dentro. Te resistes a pesar de mis convulsiones, no sales a pesar del sudor, te aferras a mis huesos. Ya no pertenezco a mi cuerpo. Ando desprendida paseando por los muros que rodean la ciudad.
Instante fugaz, sin embargo. Después no queda más que el vacío, la destrucción y la vigilia para el próximo instante de soberanía. En el caso de la China Supay, nada más que el derrumbamiento psicótico: grado cero del sentido. Y sin embargo… la propia China, casi en un último respiro, propone una fuga. Deleuze acerca de Kafka: …de ninguna manera ser libre, sino encontrar una salida o bien una entrada o bien un lado, corredor, adyacencia, etc. La fuga, a comparación del escape, es un gesto de significatividad nula y tal vez por eso es la única posibilidad de evadir la fascinación por el abismo.
Te propongo las máscaras, dice la China. La primera intuición para acceder a la etapa de la “seducción del sentido” es pues la máscara. Nos hemos quedado vacíos y sin embargo tenemos las máscaras; el simulacro que cubre un vacío, esa Nada que tanto nos había atormentado. Fantasía, según Lacan, que ahora llamaré Ficción. Y es el mismo Lacan que dice que la producción de realidad es siempre fantasiosa, ficcional. Lo mismo con Deleuze y el deseo como eterno productor de lo Real. Se acabó la quietud: ya no más estaciones, tan sólo recorridos: devenir en verdaderos Flâneurs, nómadas del sentido. Quisiéramos rescatar para este momento una de las figuras más maravillosas de la Literatura contemporánea: Ignatuis Reilly, auténtico esquizo, no clínica sino productivamente; curiosamente su autor es también uno de los suicidas mñas enigmáticos del siglo XX. Sin embargo, nos remitiremos a un personaje sumamente desconocido. Se trata de la obra The Fan Man de William Kotzwinkle y del personaje Horse Badorties: Escuchémoslo pues: I’m in my Little Horse Badorties pad, man, looking around. It’s the nicest pad I ever had man, and I’m getting another just like it down the hall. Eterno movimiento de desterritorialización: Horse Badorties marca cada cubil en el que habita rellenándolo de basura y después…abandonándolo. Luego, Horse Badorties en la iglesia con el coro de pollitas de quince años que ha reunido para formar su coro: I have a special announcemente. Here in my hand you see a battery-powered fan, which makes a constant humming note, a drone around which we will all sing. Verdadera producción de intensidades tal cual Deleuze soñaba en sus noches más apacibles. En fin, se trata de la “seducción del sentido” pues se descubre que uno ya sólo quiere ser máscara al asumir al artificio como núcleo vital. Eterno proceso de seducción del sentido y por lo tanto, del sentido seduciéndonos de vuelta. Se trata del infierno gozoso de Cortázar y del juego irrestricto de la niñez. En esta etapa estaría la Lotería de Babel, espléndida máquina de juego dibujada por Borges. En resumen, se trata de la conciencia de que tenemos el derecho de inventarnos cada día, de crearnos una identidad nómada y de jugar como cuando teníamos cinco años.
lunes, 1 de marzo de 2010
Nota sobre las notas de Carlos Cardani en Raso
Raso es un texto descriptivo que carece de imágenes evocadoras. No hay búsqueda de lenguaje poético, es un texto plano como una nota periodística. Si se le cambia la disposición a sus frases, forzadamente versificadas, generaríamos una apreciación crítica del Servicio Militar Obligatorio chileno. No se introduce, ni introduce a la experiencia, poéticamente hablando.
Es epidérmico, por muy "experiencial" que sea, puesto que el autor alardea de su paso por el Servicio Militar Obligatorio. Aún así, leemos su incapacidad de asir el tema que propone.
Sin ningún pudor llena y rellena hojas. En sus demasiadas y prescindibles páginas, no resuelve lo que en una sola perpetra felizmente J. L. Martínez en LA NUEVA NOVELA.
Martínez adhiere una bandera chilena de papel al "EPÍGRAFE PARA UN LIBRO CONDENADO: LA POLÍTICA" [ ]“El padre y la madre no tienen el derecho de la muerte sobre sus hijos, pero la patria, nuestra segunda madre, puede inmolarlos para la inmensa gloria de los hombres políticos” F. Picabia. Podemos relacionar lo ejecutado por J. L. M. honrosamente con“Dulce et decorum est” de Wilfred Owen. Relación que desafortunadamente, realiza, de buena fe, Soledad Fariña con Raso. Evidentemente Soledad ignora la calidad de poeta-impostor e infiltrado de Carlos Cardani. Este libro, el de Cardani, carente de ritmo interior/exterior, es a lo sumo una precaria bitácora de experiencias, a ratos cercana a la crónica, pero más cercana al diario de vida que, probablemente, todo conscripto atesora bajo el colchón de su litera.
Muestra de las dos mejores notas del libro Raso
Unas pequeñas islas construidas que tienen al desierto de patio
Con paredones como frontera, con centinelas por aduana
A la distancia polvorines, polígonos de tiro
Garajes que esconden mowarg, fusiles, artillería pesada
Y entre ellos escuadras, compañías marchando, cantando canciones de trinchera
Los voluntarios parecen extasiados, quieren un arma en las manos
Miran y sonríen al saber que desde hoy serán soldados
Los otros sólo sienten resigno, sólo sienten miedo
A la vida civil que se trunca, a la disciplina marcial que comienza
Clavadista jinete que hunde su vida, su caballo, su bandera
Un último salto tras el galope prefiriendo entregarse al mar que al invasor
Según mi capitán un cholo maricón que no supo morir con honor
Que vio a las huestes chilenas, a la muerte de frente y tuvo miedo
Un soldado cobarde que no supo dar la vida si fuese necesario
Bent double, like old beggars under sacks,
Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge,
Till on the haunting flares we turned out backs,
And towards our distant rest began to trudge.
Men marched asleep. Many had lost their boots,
But limped on, blood-shod. All went lame, all blind;
Drunk with fatigue; deaf even to the hoots
Of gas-shells dropping softly behind.
Gas! GAS! Quick, boys! - An ecstasy of fumbling
Fitting the clumsy helmets just in time,
But someone still was yelling out and stumbling
And flound'ring like a man in fire or lime. -
Dim through the misty panes and thick green light,
As under a green sea, I saw him drowning.
In all my dreams before my helpless sight
He plunges at me, guttering, choking, drowning.
If in some smothering dreams, you too could pace
Behind the wagon that we flung him in,
And watch the white eyes writhing in his face,
His hanging face, like a devil's sick of sin,
If you could hear, at every jolt, the blood
Come gargling from the froth-corrupted lungs
Bitter as the cud
Of vile, incurable sores on innocent tongues, -
My friend, you would not tell with such high zest
To children ardent for some desperate glory,
The old Lie: Dulce et decorum est
Pro patria mori.
Encorvados, como rancios mendigos bajo sus harapos,
Cojeando, con tos de bruja, cruzando el maldito lodo.
Alumbraron bengalas, nos volteamos.
Afanosamente dirigimos los pasos hacia nuestro lejano puesto.
Marchaban dormidos. Habían perdido sus botas,
Iban sobre zapatos de sangre. Cojos y ciegos;
Bebidos de fatiga, sordos hasta del silbido de las balas
que los cansados calibre 5.9 disparaban a nuestra espalda.
“¡Gas, GAS! ¡Rápido, muchachos!”; desconcertados,
Nos pusimos a tiempo las mascaras;
Alguien grita y se tropieza
Se retorcía, se ahogaba en cal viva…
Detrás de mis cristales, borroso le veía entre la luz verde,
Le vi ahogarse en un mar verde.
Siempre aparece en mis sueños,
Lo veo caer, agónico, sin aire.
Cuando en un vívido sueño
Nos acompañes junto a su carreta,
Veas mover sus ojos blancos
Su rostro ido, como endemoniado
Si logras escuchar a cada traqueteo
Gorgotear su sangre, manado de sus pulmones,
Veras el repugnante cáncer, el nauseabundo vómito
Horrorosas e incurables llagas en lenguas inocentes.
-Amigo mío, no volverás a decir altisonante
A los briosos jóvenes que buscan la gloria
La antigua mentira: “Dulce et decorum est
Pro patria mori”.
(Trad. libre de A. S-M)